El pacto UE-Mercosur marca un cambio de rumbo comercial en la región, frente al unilateralismo de Trump.
En un momento de redefinición geopolítica, el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, firmado tras más de dos décadas de negociaciones, marca un punto de inflexión para el comercio agrícola en América Latina. Esta alianza no solo busca consolidar los flujos comerciales agroalimentarios entre ambos bloques, sino que también refleja un reposicionamiento estratégico regional frente al declive de la influencia estadounidense y el auge de relaciones multilaterales más pragmáticas.
Mientras Estados Unidos profundiza su enfoque unilateral bajo la administración de Donald Trump, los países del Mercosur -Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay- avanzan hacia una mayor integración con socios que promueven normas internacionales, transparencia y reglas previsibles. El nuevo acuerdo refuerza la necesidad de diversificación de mercados y expone los límites de la «diplomacia dura» como instrumento comercial en una región en transformación.
El Mercosur es responsable de aproximadamente el 25% de las exportaciones mundiales de carne vacuna y un porcentaje significativo de soja, maíz, frutas y biocombustibles. La Unión Europea, por su parte, representa uno de los principales destinos de productos con alto valor agregado agroindustrial. Este nuevo marco comercial prevé la eliminación de aranceles para más del 90% de los productos, favoreciendo una expansión significativa de las cadenas de valor agroalimentarias.
El acuerdo también contempla mejoras en normas fitosanitarias, reconocimiento mutuo de estándares y mecanismos de trazabilidad, elementos clave para fortalecer la confianza del consumidor europeo en productos latinoamericanos. Para el Mercosur, representa una oportunidad de ingresar en segmentos de mayor valor FOB, tradicionalmente dominados por exportadores europeos y asiáticos.
El impacto del unilateralismo comercial de Trump ha sido percibido como un catalizador indirecto del avance del pacto UE-Mercosur. Sus políticas de subsidios agrícolas internos, la imposición de aranceles selectivos y su desdén por los organismos multilaterales como la OMC, llevaron a América Latina a acelerar su agenda de integración regional y apertura a nuevos mercados.
Analistas coinciden en que las tensiones geopolíticas globales -como la guerra comercial EE.UU.-China o el conflicto en Ucrania- han reconfigurado el mapa de prioridades. «Los países buscan reglas regionales que puedan ser cumplidas, sin depender de organismos desacreditados», afirma Welber Barral, ex secretario de Comercio de Brasil.
El acuerdo no solo tiene implicancias arancelarias. También exige el cumplimiento de exigencias ambientales, laborales y de sustentabilidad en agronegocios. Esto plantea retos para el Mercosur, especialmente en términos de huella de carbono, uso de agroquímicos y monitoreo ambiental.
No obstante, muchos países de la región ya avanzan en tecnificación agrícola y certificaciones voluntarias para acceder a nichos premium. Casos como el de Uruguay, con su sistema nacional de trazabilidad bovina, o Brasil, con su expansión de la agricultura digital, muestran que es posible alinear competitividad con criterios sostenibles.
La firma del acuerdo podría convertirse en un hito si se acompaña de políticas nacionales que impulsen la infraestructura logística, el financiamiento verde, y la resiliencia climática del sector agrícola. También abre la puerta para futuros tratados con Canadá, Emiratos Árabes Unidos y países del Sudeste Asiático.
Pero el escenario no está exento de tensiones. Protestas de agricultores europeos, preocupados por una supuesta competencia desleal, ponen de manifiesto los desafíos políticos internos que enfrentará el acuerdo en Europa. A su vez, sectores del agro latinoamericano temen que las exigencias europeas funcionen como barreras no arancelarias encubiertas.
El acuerdo UE-Mercosur no es solo un tratado comercial; es una señal política y económica de autonomía estratégica por parte de América Latina. Frente a un Estados Unidos que prioriza la coerción por sobre la cooperación, el bloque sudamericano apuesta por el multilateralismo regulado, el valor agregado y la apertura responsable.
En un mundo donde la seguridad alimentaria y el clima económico global son cada vez más volátiles, este pacto representa tanto una oportunidad como una advertencia: la ventaja comparativa latinoamericana en commodities debe transformarse en ventaja competitiva basada en calidad, sostenibilidad y cooperación internacional.

