Con la soja en baja en Chicago y una presión fiscal récord, el cultivo estrella argentino entra en zona crítica. ¿Se frena la sojización?
La soja fue durante más de dos décadas el corazón del modelo agroexportador argentino. Motor de divisas, eje de la sojización y sostén del complejo industrial aceitero. Pero hoy enfrenta una combinación explosiva: precios internacionales en retroceso y una presión fiscal que absorbe el 82,6% de la renta por hectárea, según el informe difundido por Néstor Roulet.
El dato es contundente. En un esquema típico de campo alquilado a 12 quintales por hectárea, de los US$ 634,99 de renta generada, el Estado capta más de US$ 524 entre impuestos nacionales, provinciales y municipales. El productor arrendatario, en ese escenario, queda con resultado negativo. Es decir, asume el riesgo productivo y termina en rojo.

La soja atraviesa una fase clave del ciclo mientras los márgenes del productor siguen bajo presión.
El contexto externo no ayuda. En Chicago, la soja retrocedió ante la proyección de mayor área en Estados Unidos y la fuerte competencia de Brasil. Para la Argentina, que aplica retenciones del 33%, la caída internacional tiene impacto doble: reduce el precio bruto y achica aún más el margen neto tras impuestos.
Mientras tanto, el mercado envía señales distintas para otros cultivos. El trigo subió más de USD 5 por tonelada en posiciones cercanas y el maíz mostró mejoras sostenidas por recortes en la oferta global. En un país atravesado por la brecha cambiaria, costos dolarizados y crédito caro, cada dólar cuenta. Y la comparación entre cultivos vuelve a ponerse sobre la mesa.
Esto reabre un debate estructural: ¿sigue siendo la soja la mejor decisión económica? Durante años, la respuesta fue automática. Menor inversión inicial, paquete tecnológico consolidado y liquidez asegurada. Pero hoy la ecuación cambió. Con presión fiscal elevada, logística cara y reglas que se ajustan campaña tras campaña -incluyendo esquemas como el dólar soja– la previsibilidad se volvió un activo escaso.
A nivel regional, la competencia tampoco da tregua. Brasil expande superficie, mejora infraestructura y consolida escala exportadora. Paraguay suma volumen. Uruguay fortalece su perfil cárnico. Argentina mantiene liderazgo en harina y aceite de soja, pero esa ventaja depende cada vez más de la macroeconomía local y de la estabilidad regulatoria.

La soja genera divisas, pero con el 83% de la renta en manos del Estado, el margen se diluye.
El punto central es que el Estado necesita dólares y la soja sigue siendo la principal fuente. Pero el productor necesita rentabilidad para invertir en tecnología, fertilización y agregado de valor. Si la ecuación no cierra, el riesgo es una menor inversión futura y, en consecuencia, menor producción.
No se trata solo del precio en Chicago. Se trata de la sustentabilidad del modelo. Con 83% de la renta en manos del fisco y señales bajistas en el mercado internacional, la soja enfrenta su momento más desafiante en años.
La pregunta que empieza a circular en el interior productivo ya no es ideológica. Es matemática:
¿puede sostenerse la actual matriz agrícola si el cultivo que genera más divisas pierde competitividad campaña tras campaña?

