El EMBI regional trepó en febrero y encarece el financiamiento clave para exportaciones agroalimentarias. Marzo estará marcado por Medio Oriente y la volatilidad global.
En febrero de 2026, el riesgo país promedio de América Latina subió de 287 a 300 puntos básicos, según el índice EMBI, encareciendo el acceso al financiamiento externo de los países de la región . El dato, relevado al cierre del mes y difundido el 3 de marzo, marca un cambio en la percepción de los mercados internacionales y resulta especialmente relevante para el sector agropecuario, en un momento en que las exportaciones agroalimentarias atraviesan plena etapa comercial y dependen de líneas de crédito competitivas para sostener capital de trabajo, logística y prefinanciación.
El movimiento fue dispar entre países. Argentina elevó su EMBI de 492 a 576 puntos, consolidándose entre los de mayor spread en la región . En contraste, Bolivia logró comprimir su riesgo de 576 a 468 puntos, mostrando una mejora respecto a inicios de año . Ecuador también registró un rebote, pasando de 439 a 484 unidades . Entre las principales economías agroexportadoras, Brasil subió de 186 a 199 puntos, México de 214 a 226 y Colombia de 262 a 294 . En el extremo opuesto, Chile (95) y Uruguay (77) mantienen los niveles más bajos de la región , lo que les permite acceder a financiamiento más competitivo.

Para las cadenas de valor agroalimentarias, estos movimientos no son un dato abstracto. El riesgo país funciona como referencia del costo de endeudamiento soberano frente a los bonos del Tesoro de Estados Unidos y suele trasladarse al financiamiento privado . Un mayor spread implica tasas más altas para créditos productivos, menor margen para inversiones en tecnificación, agricultura digital, biotecnología e infraestructura portuaria y vial, y mayor presión sobre la logística de exportación. En economías con fuerte peso de los commodities agrícolas, el impacto se traduce en menor competitividad frente a otros proveedores globales.
El contexto externo agrega un factor adicional de incertidumbre. Marzo estará condicionado por la evolución de las tensiones en Medio Oriente, con potencial impacto en el precio internacional del petróleo, los costos de flete marítimo y los seguros de carga. Una suba del crudo encarece insumos estratégicos y eleva los valores CIF, afectando márgenes en un momento clave de embarques. Además, cualquier alteración en rutas comerciales puede modificar los flujos comerciales y generar volatilidad en los mercados financieros, con efecto directo sobre monedas emergentes y costos de financiamiento.

Para América Latina, que desempeña un rol central en la seguridad alimentaria global, la combinación de riesgo país en alza y mayor tensión geopolítica representa un desafío estructural. Países con spreads más elevados enfrentarán mayores dificultades para sostener la competitividad sistémica, mientras que aquellos con indicadores más bajos podrían capitalizar oportunidades de diversificación de mercados y mayor valor agregado.
En este escenario, el fortalecimiento de la integración regional, la profundización de acuerdos comerciales agrícolas, la mejora en estándares de trazabilidad y sustentabilidad, y la estabilidad macroeconómica serán determinantes para sostener la ventaja comparativa de la región. El comportamiento del riesgo país en febrero funciona como una señal temprana: el financiamiento global será más selectivo y el agro latinoamericano necesitará combinar eficiencia productiva, resiliencia climática y solidez financiera para navegar un marzo que se anticipa volátil.

