La NOAA advierte posible regreso de El Niño en 2026 y su efecto en huracanes. Claves climáticas y escenarios que preocupan a expertos.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) advirtió el 17 de marzo de 2026 sobre la posible reaparición del fenómeno El Niño hacia finales de este año, un evento que podría modificar la próxima temporada de huracanes en el Atlántico y alterar patrones climáticos a escala global, con implicancias directas en la gestión de riesgos y sectores productivos.
Las señales en el Pacífico tropical comienzan a mostrar un cambio de fase: el actual ciclo de La Niña se debilitaría en los próximos meses para dar lugar a condiciones neutrales del sistema ENSO, antes de una posible transición hacia El Niño. Los modelos climáticos coinciden en una probabilidad cercana al 62% de desarrollo durante el verano boreal, aunque aún existe incertidumbre sobre su intensidad y duración.

Durante los eventos de El Niño, el aumento de vientos en niveles altos de la atmósfera genera mayor inestabilidad, lo que tiende a debilitar o limitar la formación de huracanes en el Atlántico.
Este fenómeno, que corresponde a la fase cálida del ciclo ENSO, se caracteriza por el debilitamiento de los vientos alisios y el desplazamiento de aguas cálidas hacia el este del Pacífico ecuatorial. Este proceso impacta directamente en la circulación atmosférica global, alterando precipitaciones, temperaturas y patrones de viento en distintas regiones del planeta.
Uno de los efectos más relevantes de El Niño se observa en el Atlántico, donde tiende a incrementarse la cizalladura vertical del viento, un factor clave que dificulta la formación y organización de los sistemas tropicales. Cuando esta cizalladura es más intensa, las tormentas encuentran mayores obstáculos para consolidarse, lo que suele traducirse en temporadas de huracanes más débiles o menos activas en comparación con años dominados por La Niña.

Sin embargo, los especialistas advierten que el comportamiento de los huracanes no depende exclusivamente de este fenómeno. Variables como la temperatura de la superficie del mar, los niveles de humedad atmosférica y la dinámica general de la variabilidad climática también juegan un rol determinante. En particular, un Atlántico más cálido de lo normal podría compensar parcialmente los efectos inhibidores de El Niño, generando condiciones aún favorables para el desarrollo de tormentas.
En este contexto, la interacción entre múltiples factores mantiene abierto el escenario para la temporada 2026. La propia NOAA señala que aún es prematuro establecer un pronóstico definitivo, y que será recién en mayo cuando se publique una estimación más precisa basada en datos consolidados.
El posible regreso de El Niño se inscribe en un escenario de creciente variabilidad climática global, donde los eventos extremos tienden a intensificarse y a volverse menos previsibles. Este contexto refuerza la necesidad de fortalecer los sistemas de monitoreo, mejorar la planificación preventiva y adaptar las estrategias en sectores sensibles como la agricultura, la infraestructura y la gestión de emergencias.
En definitiva, aunque El Niño podría actuar como un moderador de la actividad ciclónica en el Atlántico, su evolución y la interacción con otras variables clave determinarán el verdadero alcance de la temporada de huracanes 2026, en un sistema climático cada vez más dinámico y complejo.

