La escalada bélica empuja energía y fertilizantes, generando subas, volatilidad y nuevas alertas para la rentabilidad del agro.
El 18 de marzo de 2026, en Rosario, el especialista Dante Romano advirtió que la guerra en Medio Oriente pasó a dominar los mercados globales, desplazando los fundamentos clásicos y generando un impacto directo sobre los granos, la energía y los insumos, un combo clave que define hoy la rentabilidad del campo argentino.
El conflicto empujó con fuerza a la energía, uno de los pilares de los costos productivos. El petróleo Brent subió un 11% en la semana y superó los 119 dólares, mientras que el gas natural avanzó 9% y la urea, insumo central para sostener los rindes, aumentó un 7%. A esto se suma un salto del 19% en la volatilidad, reflejando un mercado atravesado por la incertidumbre.
En paralelo, el fortalecimiento del dólar y la suba del oro como activo refugio confirman que los inversores están priorizando cobertura frente al riesgo global. Este escenario repercute de lleno en los agronegocios, donde los costos energéticos impactan tanto en la producción como en la logística.
Los granos también reaccionaron, aunque con subas más moderadas, cercanas al 3%. Sin embargo, el dato que enciende alertas es el movimiento de los fondos financieros, que elevaron su posición comprada en 6,5 millones de toneladas, alcanzando las 91 millones. Esto muestra un mercado cada vez más influenciado por la especulación financiera y menos por la oferta y demanda tradicional.
Uno de los puntos más sensibles para el agro es el de los fertilizantes, donde el impacto puede ser más profundo y duradero. La región del Golfo, directamente afectada por el conflicto, concentra cerca de la mitad de la producción mundial de urea, y a diferencia del petróleo, no existen grandes reservas estratégicas.
El resultado es un escenario de posible escasez global. En Estados Unidos y Canadá ya se proyectan déficits de entre 25% y 35%, especialmente en aplicaciones posteriores a la siembra. Para países como Brasil, altamente dependientes de las importaciones, el problema no es solo conseguir insumos, sino hacerlo a precios que no destruyan la rentabilidad.
A este contexto se suma el impacto en la logística internacional. Los costos de flete marítimo desde Brasil hacia China aumentaron un 24% en marzo, reflejando tensiones crecientes en las rutas comerciales. Este factor también incide en la comercialización y en los márgenes finales del productor.
En el plano geopolítico, la presión de Estados Unidos sobre Irán y las amenazas sobre el estrecho de Ormuz mantienen en vilo al mercado energético global. Cada escalada suma incertidumbre y refuerza la tendencia alcista en los precios.
Sin embargo, también aparecen oportunidades. La relación entre EE.UU. y China vuelve a ser clave, y la expectativa de nuevas compras de soja por parte del gigante asiático ya generó movimientos positivos en Chicago. Para Argentina, esto puede traducirse en mejores condiciones de exportación dentro de la cadena de valor agrícola.
En este nuevo escenario, donde la geopolítica manda y la volatilidad llegó para quedarse, el desafío para el productor pasa por ajustar estrategias, optimizar el uso de insumos, mejorar la eficiencia productiva y apoyarse en herramientas como el mercado de futuros para proteger márgenes.

