La FAO advierte que el colapso del comercio en Hormuz eleva costos, fertilizantes y pone en riesgo la producción agrícola en América Latina.
El sistema agroalimentario global enfrenta un nuevo punto de tensión. El 28 de marzo de 2026, la FAO advirtió que la interrupción del comercio en el Estrecho de Hormuz, producto de la escalada geopolítica en Medio Oriente, está generando un shock sin precedentes en los flujos de energía y fertilizantes, con impacto directo en el agro de América Latina y en la seguridad alimentaria mundial.
El economista jefe de la FAO, Máximo Torero, alertó que el tránsito de buques cayó más de 90% en pocos días en este corredor estratégico, por donde circula cerca del 35% del petróleo mundial, el 20% del gas natural licuado y hasta el 30% de los fertilizantes comercializados internacionalmente. «No es solo un shock energético, es un impacto sistémico sobre los sistemas agroalimentarios«, sostuvo.

Para América Latina, la situación implica un doble desafío. Por un lado, el aumento en los precios de la energía encarece toda la cadena productiva, desde la siembra hasta el transporte. Por otro, el alza de los fertilizantes amenaza la rentabilidad de los productores en plena planificación de la campaña 2026/27.
Los datos ya reflejan la magnitud del problema: la urea subió 19% en Medio Oriente y 28% en Egipto en la primera semana de marzo. Dado que el gas natural es clave en la producción de fertilizantes nitrogenados, la presión sobre los precios podría sostenerse en los próximos meses.
Además, la región del Golfo concentra cerca de la mitad del comercio global de azufre, insumo esencial para la producción de fertilizantes fosfatados. Su interrupción pone en riesgo la disponibilidad global de estos productos, afectando tanto a países importadores como a grandes productores agrícolas como Brasil y Argentina.
«La agricultura enfrenta un doble shock de costos«, explicó Torero, al señalar que el encarecimiento simultáneo de fertilizantes y combustibles podría llevar a los productores a reducir aplicaciones o cambiar cultivos. Sin embargo, debido a la relación no lineal entre fertilización y rendimiento, incluso pequeños ajustes pueden generar caídas significativas en los rindes.
La FAO proyecta que, si la crisis persiste, los precios globales de fertilizantes podrían ubicarse entre 15% y 20% más altos durante el primer semestre de 2026, lo que impactaría directamente en cultivos clave como trigo, maíz y arroz.
El factor decisivo será la duración del conflicto. Si la disrupción se limita a menos de un mes, los mercados podrían estabilizarse relativamente rápido gracias a los stocks globales. Pero si se extiende por tres meses o más, podría alterar decisiones de siembra, reducir la producción global y generar un desplazamiento hacia cultivos menos intensivos en insumos, como la soja, clave para América Latina.
En paralelo, el aumento del petróleo podría impulsar la demanda de biocombustibles, agregando presión sobre los precios agrícolas y reforzando la volatilidad en los mercados internacionales.
Más allá de la producción, el impacto también se sentirá en la seguridad alimentaria, especialmente en países dependientes de importaciones en África y Asia, lo que podría generar efectos indirectos sobre los precios globales que recibe América Latina.
Frente a este escenario, la FAO pidió una respuesta coordinada: desarrollo de corredores comerciales alternativos, financiamiento para países vulnerables y, a largo plazo, inversiones en agricultura sostenible y tecnologías como el amoníaco verde.
La crisis en Hormuz vuelve a dejar en evidencia que el agro ya no depende solo del clima o los mercados locales: hoy está profundamente atado a la geopolítica global, donde cada disrupción puede redefinir los costos, los rindes y el futuro de la producción agrícola.

