El conflicto en Medio Oriente dispara petróleo y fertilizantes, y abre una pregunta clave: quién paga el impacto en alimentos, inflación y producción agrícola.
El 1 de abril de 2026, ejecutivos de mercado de Citigroup advirtieron que la guerra en Medio Oriente, tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, está generando efectos económicos duraderos que impactan no solo en la energía, sino también en los mercados agrícolas y la inflación global. La pregunta que empieza a dominar a inversores y analistas es directa: «¿quién paga todo esto?» y por qué importa: porque ese costo terminará trasladándose a alimentos, tasas de interés y producción agropecuaria en todo el mundo.
Energía, fertilizantes y alimentos: el efecto dominó que preocupa al agro
La jefa de trading de tasas de Citi, Deirdre Dunn, explicó que el petróleo se convirtió en el principal termómetro del conflicto, pero advirtió que otros mercados empiezan a ganar relevancia, especialmente fertilizantes y aluminio, claves para la producción agroindustrial.

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El encarecimiento del petróleo impacta directamente en los costos de producción agrícola a través de los insumos. En particular, los fertilizantes -altamente dependientes del gas y la energía- reflejan rápidamente estas subas, generando presión sobre los márgenes de productores en Estados Unidos, Brasil, Argentina y el resto de América Latina.
En este contexto, los mercados ya descuentan un escenario de inflación más persistente, lo que obliga a los bancos centrales a reconsiderar recortes de tasas. De hecho, durante marzo, las expectativas giraron hacia posibles subas, afectando el financiamiento del sector agropecuario.
De Wall Street al campo: tasas, deuda y presión sobre la producción
Según Dunn, los inversores comenzaron a asumir que el impacto del conflicto será de largo plazo, incluso si la guerra termina rápidamente. El shock energético ya está trasladándose a la economía real, afectando costos de producción, seguros e infraestructura.
Esto es clave para el agro: mayores tasas implican créditos más caros para productores, menor inversión en tecnología y presión sobre la expansión productiva. En paralelo, la volatilidad financiera está beneficiando a los bancos, que esperan ingresos récord en trading, pero generando incertidumbre en la economía global.
Además, el mercado comienza a mirar con atención el frente fiscal de Estados Unidos, con una deuda que supera los 31 billones de dólares, lo que podría empujar al alza los rendimientos de los bonos y reforzar la presión sobre las tasas globales.
Para América Latina, el escenario es doblemente desafiante: por un lado, mejores precios internacionales pueden beneficiar exportaciones; por otro, el aumento de costos y la volatilidad financiera generan riesgos sobre la rentabilidad y la estabilidad productiva.
El interrogante planteado por Wall Street ya llegó al campo: el costo de la guerra no solo se mide en energía, sino en alimentos, insumos y competitividad global.

