El bloqueo en Ormuz eleva costos y tensiona la producción global, mientras El Niño suma presión sobre la seguridad alimentaria.
El 3 de mayo de 2026, el economista jefe de la FAO, Máximo Torero, advirtió que el mundo podría enfrentar una crisis alimentaria si el estrecho de Ormuz no reabre pronto, debido al impacto en fertilizantes, energía y producción agrícola, factores críticos para la seguridad alimentaria global.
El cierre de este paso estratégico ya genera fuertes subas en el precio de la energía y una escalada en los costos de fertilizantes como la urea, afectando directamente a productores que comienzan a sembrar con menos insumos y menor productividad. «El tiempo se agota», alertó Torero, marcando la urgencia del escenario.
El impacto no es inmediato en la oferta de alimentos, pero sí en la producción futura, lo que anticipa una suba progresiva en los precios internacionales. Mientras el maíz y el arroz se mantienen estables, ya se observan aumentos en trigo y soja, reflejando la creciente incertidumbre en los mercados.
A esto se suma un factor crítico: la alta probabilidad de un evento fuerte de El Niño, que podría provocar sequías e inundaciones en grandes países productores como Brasil o India. La combinación de shock energético + fertilizantes caros + clima extremo configura un escenario de alta volatilidad.
El sistema agroalimentario global enfrenta así una presión inédita en décadas. Los fertilizantes, dependientes del gas natural, se vuelven escasos, lo que actúa como una barrera indirecta para la producción agrícola, limitando rendimientos y elevando costos en toda la cadena.
Además, el impacto llegará al consumidor final: los alimentos procesados dependen más de la energía y la logística que de la materia prima, por lo que el encarecimiento será mayor en góndola. El precio del pan, por ejemplo, refleja más costos energéticos que de trigo.
El calendario agrícola agrega urgencia. Mayo es un mes clave para la siembra global, y según la FAO, 90 días es el límite antes de un impacto severo en la producción. Incluso si Ormuz reabre, el mercado tardará entre cuatro y cinco meses en estabilizarse.
El efecto será global, pero desigual. Los países desarrollados podrán amortiguar con subsidios, mientras que América Latina, África y Asia enfrentarán mayores dificultades para sostener precios y garantizar el acceso a alimentos.
En este contexto, el sector agroalimentario -que ha mostrado alta resiliencia en crisis anteriores– enfrenta un nuevo límite. «No estamos aún en una crisis, pero nos encaminamos a una», advirtió Torero.
Un sistema bajo presión: riesgos, precios y acceso a alimentos
El escenario actual expone la fragilidad del sistema global frente a shocks geopolíticos y climáticos simultáneos. La combinación de energía cara, fertilizantes escasos y eventos climáticos extremos podría derivar en problemas de acceso a alimentos más que de disponibilidad inmediata.

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Para América Latina, esto implica mayores costos productivos, presión sobre exportaciones y desafíos en la balanza comercial, en un momento donde la región es clave para abastecer mercados globales.
La advertencia es clara: si el estrecho de Ormuz no reabre en el corto plazo, el mundo podría entrar en una fase crítica para la seguridad alimentaria, con impactos directos en precios, producción y estabilidad social.

