Las tormentas extremas aceleran la pérdida de suelo fértil y ponen en riesgo la productividad. Qué prácticas ayudan a evitar daños que pueden durar décadas.
Un estudio del INTA realizado en la cuenca de El Morro, en San Luis, advirtió que los suelos agrícolas pueden perder entre dos y siete veces más sedimentos que aquellos bajo vegetación natural cuando ocurren lluvias de alta intensidad. La investigación, difundida esta semana, cobra relevancia en un escenario donde los eventos climáticos extremos son cada vez más frecuentes y representan un desafío económico para el sector agropecuario. Los especialistas sostienen que el manejo del carbono orgánico y de la cobertura vegetal será determinante para preservar uno de los recursos más valiosos de la producción: el suelo.
El trabajo fue desarrollado por investigadores del INTA-Conicet mediante un simulador de lluvia capaz de reproducir precipitaciones de 36 milímetros en apenas diez minutos, una intensidad similar a la registrada durante tormentas severas. Según explicó el investigador Pablo Peralta, el objetivo fue comprender cómo interactúan la textura del suelo, el contenido de carbono orgánico y el manejo agrícola frente a estos eventos. Los resultados mostraron que la erosión no depende únicamente de la cantidad de agua caída, sino de la capacidad del suelo para mantener su estructura y resistir el impacto del escurrimiento superficial.
El investigador Juan Cruz Colazo, de la Estación Experimental Agropecuaria San Luis, explicó que los mayores niveles de erosión se registraron en lotes agrícolas con bajo contenido de carbono orgánico, condición que reduce la estabilidad de los agregados del suelo y facilita el desprendimiento de partículas. El estudio también determinó que los suelos con mayor proporción de limo y arcilla son especialmente vulnerables cuando disminuye el carbono, mientras que en áreas con vegetación natural se generan procesos de hidrofobicidad que, aunque favorecen cierto escurrimiento, forman una película protectora que reduce significativamente el arrastre de sedimentos.
Los especialistas remarcaron que mantener una cobertura vegetal mínima del 30% constituye la herramienta más eficiente para disminuir la erosión hídrica. Para lograrlo recomiendan incorporar cultivos de cobertura, como el centeno durante los barbechos, además de conservar adecuadamente los rastrojos bajo sistemas de siembra directa. Estas prácticas amortiguan el impacto directo de las gotas de lluvia y permiten que las raíces fortalezcan la estructura del suelo, mejorando la infiltración y reduciendo la pérdida de nutrientes, un aspecto que también repercute directamente sobre los costos de producción.
En los ambientes donde el carbono orgánico se encuentra por debajo del 0,5% o donde la agricultura resulta poco rentable, el INTA recomienda incorporar pasturas perennes como alfalfa o pasto llorón, capaces de estabilizar los sistemas y favorecer la recuperación de la estructura del suelo. Además, los investigadores destacaron la importancia de adaptar las decisiones al tipo de textura presente en cada lote. Mientras los suelos arenosos necesitan mayor cobertura para evitar el desprendimiento, los franco arenosos requieren estrategias adicionales debido a que combinan alto escurrimiento con una elevada susceptibilidad al arrastre.
Los investigadores concluyeron que la protección del suelo no depende únicamente de las prácticas dentro de cada establecimiento. La sistematización de cuencas mediante terrazas y otras obras de conservación permite reducir la velocidad del agua, favorecer la infiltración y disminuir la erosión a escala regional. En un contexto de eventos climáticos cada vez más intensos, sostienen que invertir en conservación deja de ser una cuestión exclusivamente ambiental para convertirse en una decisión estratégica que protege la productividad, reduce pérdidas económicas y garantiza la sustentabilidad de los sistemas agropecuarios argentinos.

