Nació en el campo y a los 15 años dejó su casa para correr: el múltiple campeón nacional que con la soja creó algo único en el mundo y encontró en el agro una sensación similar al automovilismo

Juan Pablo Gianini aprendió a manejar a los ocho años en el campo y llegó correr en la máxima categoría de motos; es piloto de TC y busca revolucionar el agro con un producto que no existe en el mundo

29deAgostode2026a las00:50

Juan Pablo Gianini es un nombre que suena a velocidad, adrenalina y asfalto. Sin embargo, detrás del casco también se esconde un apasionado y emprendedor que creó una empresa de bioinsumos única.

El piloto de TC, oriundo de Salto, Buenos Aires, logró unir los motores y el desarrollo científico para el sector agropecuario. Gianini aprendió a manejar en el campo a los ocho años y llegó a competir de igual a igual contra leyendas del motociclismo mundial. También levantó su propio equipo de Turismo Carretera y terminó creando un revolucionario coadyuvante 100 % natural a base de lecitina de soja.

Gianini es hijo de una familia humilde de contratistas ruralesCreció entre discos, tractores y cosechadoras, pero de muy joven decidió apostar a las dos ruedas y comenzó a correr a los 13 años.

A los 15 años se mudó solo a Buenos Aires para vivir en el altillo de un taller mecánico con el único objetivo de competir en el mundial de velocidad. En 1998 logró largar en la máxima categoría de 500 cc en el autódromo de Buenos Aires, compartiendo pista con figuras como Mick Doohan, Alex Crivillé y Max Biaggi. El sueño de viajar a Europa para radicarse se frustró, pero pudo reponerse y emprender el próximo desafío: el automovilismo.

Creó su propio equipo, al mismo tiempo que corría. Esto lo transformó en empresario y lo obligó a caminar la calle, relacionarse con empresas y forjar una mente comercial. En 2010, se le abrió la puerta a una nueva e impensada industria: el secado de lecitina de soja.

Gianini apostó luego por el desarrollo de un coadyuvante ecológico cuando los bioinsumos apenas asomaban. Financió la investigación con las ganancias de su equipo de carreras y, tras cinco años de pruebas y errores, logró consolidar Biolec, el coadyuvante formulado enteramente con productos naturales y de bajo impacto ambiental, con una fabricación anual de unos 450.000 litros.

También tienen productos para la industria, para el sector energético y hasta el transporte con el objetivo de diversificar el negocio.

Hoy, con 47 años y habiendo ganado cuatro campeonatos de TC Pick Up, su vida transcurre en Salto, en un espacio único donde su oficina une el laboratorio químico y el taller de carreras.

«Te corro hasta abajo de la cama», grafica sobre su forma de competir en el automovilismo, lo que también traslada a los negocios. «Es lo que tengo adentro de mi persona».

Juan Pablo Gianini en La Huella

¿Cómo es ser hoy empresario en Argentina?

Te voy a contar mi historia desde los inicios de dónde vengo y por qué hoy estoy acá. La realidad es que es una historia que une el deporte con la empresa, con el agro, con un montón de otras cosas que hacemos. Mis inicios siempre fueron desde muy chico, arranqué en el motociclismo a los 13 años. Soy de acá, de Salto, provincia de Buenos Aires, y vengo de una familia de campo. Mis viejos trabajaban en el campo, eran contratistas rurales y tuve una historia involucrada con el pueblo. Mis viejos siempre se dedicaron a eso, a trabajar en el campo. Si bien nunca pensé hoy estar en este lugar, formar esta empresa que armé por mi historia de dónde yo nací, aprendí a manejar en el campo desde muy chico.

¿Qué fue lo primero que manejaste y qué pudiste aprender ahí en el campo?

A los ocho años íbamos con mi abuelo al campo con una Ford. Fíjate, hoy corro para el equipo oficial Ford, siempre fui un poco hincha de la marca, pero aprendí a manejar con una Ford en el campo. Tenía ocho años, íbamos con mi abuelo y mi hermano, y mi abuelo iba a recorrer las vacas, nosotros le agarrábamos la camioneta y andábamos ahí en el potrero. Unos locos. Le robábamos la camioneta en el potrero y así aprendimos a manejar. Después también de muy chico, a los 12 o 13 años, ya empezamos con mis viejos a andar arriba de los tractores. Ya en ese momento se disqueaba, se araba. Mi hermano andaba en la máquina, nosotros acercábamos las tolvas a las cosechadoras y estamos hablando de 13 años, era muy chico. Nos criamos ahí adentro, entre los tractores, las máquinas, las cosechadoras y de ahí salí.

Contanos un poco de tu etapa en las motos, cuando llegaste a correr un mundial.

A los 13 años arranqué a correr en moto. Corría en los zonales, en los óvalos de tierra. Después pasé al Certamen Argentino de Motociclismo (CAM), donde fui campeón, y después al motociclismo de velocidad. Con 15 o 16 años me fui a vivir a Buenos Aires, solo, con el objetivo de ser un profesional del deporte motor. En esa época no teníamos celular, no existía eso. Me fui sin conocer Buenos Aires, fue duro para mí, irte de tu pueblo a vivir en un taller, viviendo 4 años en un altillo. Mi objetivo era correr el mundial de moto e hice todo para poder hacerlo.

En 1998 tuve la oportunidad de correr en 500 cm³ cuando vino el mundial acá a Argentina. De estar durmiendo en un altillo pasé a correr el mundial. Corrí como piloto invitado y fue algo increíble que hoy sigo recordando porque mi gran pasión son las motos. Mi objetivo era vivir en Europa y correr el mundial recorriendo el mundo. Me faltó eso, pero tuve la oportunidad de correr contra todos los grandes del motociclismo mundial, como Michael Doohan, Alex Crivillé, Max Biaggi. Tuve que poner un traductor porque no hablaba inglés, me habían dicho que era muy difícil que pudiera largar porque tenías que hacer un porcentaje del tiempo para clasificar, pero entré justo y pude completar la carrera.

¿Y qué pasó que no se pudo dar el viaje a Europa en 1999?

Tenía todo arreglado para irme a Europa. Hugo Vignetti fue quien me descubrió, me dio la oportunidad, me llevó a su casa, me brindó el taller y el altillo donde dormía. Y Arturo Scalise me acompañaba comercialmente. En el 99, ya todo armado para irme, en marzo se cayó porque Arturo cambió un poco su dirección de lo que estaba armando en el motociclismo mundial. Fue un golpe duro porque tenía esa ilusión, y casi estuve a nada de estar. Yo ahí tenía 19 años, era muy chico y estaba tan pasado de pasión y de locura que creía que se iba a volver a dar. Vengo de una familia muy humilde, creo que lo que logré lo logré a base de acelerar de verdad y de arriesgar muchísimo. Irte con 15 o 16 años a Buenos Aires solo y sin recursos te da mucha fortaleza. Era un loco que arriesgaba mucho.

¿En qué momento viste que no era necesario solo ser piloto, sino tener una empresa de automovilismo?

Cuando me inicio en el automovilismo, armé el equipo en el año 2002 en el taller de Guillermo Ortelli. Hoy estamos en el 2026 y mantengo el mismo equipo. Al principio trabajaba en el equipo, pero después me di cuenta de que necesitaba la parte comercial, salir a buscar publicidad y ahí empecé a caminar por la calle y transitar el lado del empresario. El Turismo Carretera me dio todo lo que soy hoy. Me formó como persona, como profesional, como empresario, cómo manejar un equipo y la parte comercial. Me hizo conocer tanta gente en el país que soy un agradecido. El transitar con las empresas me hizo ver una parte que no veía como deportista: si no consigo el presupuesto, no puedo correr. Ahí entendí esto y empecé a transitar la parte empresarial desde el lado del corredor.

¿Cómo diste el salto a la industria química y los bioinsumos en el agro?

A través de una persona que me hace ingresar en la industria química. Yo estaba abierto a escuchar, y me dice: «¿Querés que hagamos juntos algo con un producto a base de lecitina de soja?». En ese momento yo estaba corriendo en TC, funcionaba bien y tenía todo mi equipo armado. Desconocía del tema, pero ingresamos, compramos un secadero de lecitina, nos costó un año y medio ponerlo en marcha y empezamos a secar lecitina para venderle a multinacionales como Ciba-Geigy o TFL para curtiembres. De química yo sabía cero, pero me apasionó.

¿Por qué te apasionó tanto?

Porque hay un laboratorio donde todo el tiempo estamos probando, ensayando, descubriendo. El automovilismo es lo mismo, es un laboratorio de ensayo técnico con ingenieros donde analizas la aerodinámica, la mecánica, para ser eficientes. La industria química es igual, el laboratorio y el descubrir cada cosa que hacemos me atrajo de una forma impensada. Hoy respiro por esto. Me levanto temprano, vengo a la oficina acá en Salto donde tengo la fábrica, el laboratorio y tengo el auto de carrera al lado. Mis dos pasiones en un mismo lugar.

¿Y cómo surge el desarrollo de los bioinsumos para el campo?

En el 2010 terminamos el secadero. En ese momento se jubila un ingeniero de la multinacional, Eduardo, con 46 años de experiencia. Tenía una gran relación con nosotros y viene a trabajar a nuestra empresa. Eso fue un antes y un después, trajo un conocimiento inimaginable. Eduardo tiene 80 años y sigue trabajando con nosotros. En 2011 me dijo: «Juanchi, esto es lo que se viene en el agro». Y me mostró un producto innovador a base de lecitina, 100 % natural. Desconocía totalmente, pero confíe en su conocimiento. Hoy estamos ante un coadyuvante único en el mercado, 100% natural, de bajo impacto ambiental. Se lo vendemos a la multinacional FMC desde hace seis años y eso cambió la historia de la empresa.

Hablás de un proceso largo. ¿Qué desafíos tuviste que enfrentar y en qué momento pensaste en tirar la toalla?

El desafío fue que nos costó mucho tiempo hacer que el producto sea eficiente, llevó entre cuatro y cinco años de inversión. Y esa inversión la saqué del auto de carrera, porque la rentabilidad del automovilismo subsidió a la empresa química. Fueron años muy duros, de prueba y error, donde al ser un producto natural pasaban cosas que no entendíamos, hasta que le encontramos la vuelta gracias a los contactos de Eduardo en Suiza, donde mandábamos producto para ensayar. Hubo momentos en los que dije: «No, esto lo tiro todo, no es lo mío, sigamos con la lecitina sola». Estaba dedicando mucho tiempo y dinero y no le encontrábamos la vuelta. Pero el deporte me hizo fuerte. El motociclismo me enseñó a caerme, golpearme, quebrarme, estar solo y recuperarme. Me puse porfiado y dije: «Esto lo voy a sacar». Al final, registramos el producto, en 2017 empezamos a comercializarlo con la marca Biolec y en 2019 cerramos con FMC.

¿Cómo ves el rol del productor argentino y las críticas que a veces recibe el sector respecto a los químicos?

Mucha gente habla desde el desconocimiento. Al transitar el agro ve que hay cosas que se vienen cambiando. Las empresas están en ese proceso y el productor apuesta, arriesga mucho y genera mucho. Yo veo todo lo que arriesga el productor para a veces perder, y mucha gente no ve eso. Me saco el sombrero con los productores relativamente chicos, que vuelven a apostar y a arriesgar tras una mala campaña; eso es pasión por lo que hacen. Por eso creo en las empresas como la nuestra, orientada al medio ambiente, que busca reemplazar la parte química con productos naturales de bajo impacto. También trabajamos en el petróleo en Vaca Muerta, recuperando agua de procesos de producción, y en los puertos con productos antipolvo 100% naturales.

A lo largo de toda tu vida, ¿cuál considerás que fue tu día más feliz?

El nacimiento de mi hija fue una de las cosas más importantes que me pasó, se llama Sarita. Sarita Racing le digo, Racing como el papá. Esa fue la más importante a nivel personal. Y en lo deportivo, haber podido correr en 500 cc en el mundial de motos es una sensación que tengo grabada en el cuerpo. Y también mi primera carrera ganada en el Turismo Carretera, en 9 de Julio, con mi propio equipo en el primer año. Fue algo reloco que me quedó grabado en el corazón.

¿Qué huella te gustaría dejar en el agro y en la sociedad?

Quisiera poder dejar este producto en el que apostamos durante tantos años como el reemplazo de mucha parte química del agro. Dejarle a la sociedad el descubrimiento de un producto que reemplace las líneas químicas, formulado acá en Argentina con ingenieros argentinos. Que el día de mañana se diga: «Che, ¿quién hizo este cambio? Lo hicimos nosotros». Es un orgullo que una multinacional como FMC compre nuestro producto porque es innovador y clave para ellos. Esa es la huella que quiero dejar en mi país.

 

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