Maíz argentino: agua y nutrición, la llave para cerrar la brecha de rendimiento

Con perfiles recargados, el maíz inicia la campaña con una oportunidad: Fertilizar advierte que la baja reposición de nutrientes puede limitar los rindes.

La campaña de maíz 2026/27 arranca en septiembre con buenas reservas de agua en numerosas regiones productivas, pero también con una señal de alerta sobre la fertilidad de los suelos. Fertilizar Asociación Civil planteó que el diagnóstico y una nutrición balanceada serán determinantes para convertir esa disponibilidad hídrica y el potencial genético en más kilos por hectárea. El dato que dimensiona el desafío es contundente: la Argentina cosecha, en promedio, un 30% menos de maíz del que podría obtener, una brecha que la entidad vincula en buena medida con la aplicación insuficiente de nutrientes.

El punto de partida encuentra al cereal en un lugar central para el agro argentino. De acuerdo con la información difundida por Fertilizar, en la última campaña la superficie sembrada superó los 10 millones de hectáreas y la producción se acercó a 70 millones de toneladas. Pero su importancia excede la exportación y la generación de divisas: el maíz es una pieza decisiva para el agregado de valor en origen y para las cadenas de carne y leche. En los sistemas ganaderos y lecheros, señala la entidad, el silo de maíz representa más del 40% de la alimentación animal. Por eso, cualquier mejora en productividad repercute más allá de la tranquera.

Maíz argentino: agua y nutrición, la llave para cerrar la brecha de rendimiento

El problema aparece cuando se contrasta ese potencial con lo que vuelve al suelo después de cada cosecha. Fertilizar sostiene que en la última campaña se repuso menos del 40% de los principales nutrientes exportados con los granos, generando balances negativos de nitrógeno, fósforo, azufre y zinc. María Fernanda González Sanjuan, gerente ejecutiva de la asociación, sintetizó el desafío: hay agua disponible y genética de alto potencial, pero la nutrición no debería convertirse en el factor limitante. Como referencia, un maíz que apunta a 120 quintales requiere aproximadamente 260 kilos de nitrógeno y 48 kilos de fósforo como nutriente, además de otros elementos.

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Diagnóstico de suelo: transformar cada milímetro de agua en más maíz

La disponibilidad hídrica cambia la ecuación, pero no reemplaza a los nutrientes. Ensayos de largo plazo de la Red de Estrategias de Fertilizar registraron mejoras de entre 22% y 44% en la eficiencia de uso del agua en maíces correctamente nutridos. Según esos resultados, la eficiencia puede pasar de menos de 12 kilos de grano por milímetro de lluvia a casi 17 kg/mm. Con 500 milímetros disponibles, esa diferencia equivale aproximadamente a 2.500 kilos adicionales de maíz. Esteban Ciarlo, coordinador técnico de la entidad, remarcó por eso que agua y nutrientes deben manejarse como partes de una misma estrategia productiva.

Allí aparece una de las asignaturas pendientes de la agricultura argentina: conocer con mayor precisión qué hay debajo de cada lote. Una encuesta de Fertilizar muestra que solo el 26% de la superficie relevada se muestrea todos los años, mientras un 9% nunca se analiza y otro 17% lo hace con muy baja frecuencia. La diferencia territorial también es marcada: en el sudeste y oeste, el 44% realiza muestreos anuales; en el norte, la proporción baja al 15% y un 26% declara no hacerlo nunca. Para maíz, la recomendación es evaluar fósforo extractable, zinc y azufre en los primeros 20 centímetros y nitratos hasta los 60 centímetros antes de la siembra.

El nitrógeno merece un capítulo particular porque condiciona directamente el techo productivo. La cantidad a aplicar no debería surgir de una receta general, sino del rendimiento objetivo, los nitratos disponibles y la mineralización de la materia orgánica. Herramientas como el Nan -nitrógeno incubado en anaerobiosis-, los sensores de vegetación, clorofilómetros y el NDVI permiten afinar el diagnóstico y corregir decisiones durante el ciclo. En términos productivos y económicos, el cambio consiste en pasar de una fertilización uniforme a una nutrición ajustada al ambiente y al potencial real de cada lote, aprovechando mejor fertilizante, genética y agua.

 

El debate, además, excede al rinde de una sola campaña. Con balances negativos recurrentes, extraer más nutrientes de los que se reponen implica consumir parte de la fertilidad del suelo que sostiene la producción futura. González Sanjuan planteó que el manejo tecnológico debe contemplar también la preservación del ambiente productivo. Para una Argentina que necesita aumentar producción, exportaciones y agregado de valor sin ampliar innecesariamente su huella productiva, cerrar la brecha nutricional aparece así como una oportunidad concreta: diagnosticar mejor, balancear nitrógeno, fósforo, azufre y zinc y convertir las buenas reservas de agua en rendimiento sin hipotecar el suelo.

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