Una eventual restricción de EE.UU. a las exportaciones de diésel amenaza al agro regional con mayores costos de producción, transporte y logística.

Estados Unidos analiza limitar sus exportaciones de diésel en medio de precios récord y bajos inventarios, una discusión que cobró fuerza durante septiembre y que podría impactar directamente sobre América Latina. La región cubre alrededor de un tercio de su demanda de diésel con producto estadounidense, aunque la exposición cambia significativamente entre países. Para el agro, el riesgo trasciende al combustible: una menor disponibilidad puede trasladarse al costo de las labores agrícolas, los fletes, la logística portuaria y finalmente a los precios de los alimentos y la competitividad exportadora.
La medida, sin embargo, no está definida. Mientras el presidente Donald Trump manifestó el 23 de septiembre su inclinación a reducir las ventas externas, otros funcionarios descartaron que exista una decisión de aplicar una prohibición total. La Casa Blanca negó que estuviera decidido un veto general y el secretario de Energía, Chris Wright, planteó evitar una herramienta indiscriminada. El escenario, por lo tanto, continúa abierto entre una eventual restricción parcial, mecanismos de control o la continuidad de los flujos actuales.
El productor deberá producir más con menos insumos: el cambio que ya redefine la agricultura.

La preocupación latinoamericana aparece en un mercado internacional que ya tiene poco margen para absorber otra disrupción. Los precios mundiales del diésel alcanzaron niveles récord durante septiembre, afectados por los conflictos en Irán y Ucrania, restricciones rusas y menores embarques desde Medio Oriente. Reuters reportó que las refinerías estadounidenses operaban cerca de sus máximos, pero los inventarios de destilados seguían aproximadamente 15% por debajo del promedio estacional de cinco años. Eso limita la capacidad para sustituir rápidamente los barriles que eventualmente dejarían de llegar desde EE.UU.
Del tanque al campo: por qué el diésel se convierte en un riesgo para el agro
Para las cadenas de valor agroalimentarias, el problema no se limita al precio en las estaciones. El diésel interviene en maquinaria agrícola, siembra y cosecha, transporte de insumos y movimiento de granos y alimentos desde las zonas productivas hasta plantas, centros de consumo y puertos. Una suba sostenida puede incrementar los costos por hectárea y los fletes internos, reduciendo márgenes y encareciendo la logística de exportación. El impacto dependerá de la producción y refinación de cada país, sus inventarios, subsidios y alternativas de abastecimiento.
El caso brasileño muestra esa diferencia. Brasil produce entre 70% y 80% de su diésel y, por eso, presenta una exposición estructural menor que otros mercados, aunque las compras a Estados Unidos promediaron unos 61.500 barriles diarios durante el primer semestre de 2026, frente a alrededor de 100.000 b/d en 2025. La sensibilidad agropecuaria radica en el calendario: una interrupción durante períodos intensivos de siembra o cosecha de soja y maíz podría presionar costos de maquinaria, transporte y distribución en una de las principales plataformas agroexportadoras del mundo

México enfrenta una ecuación diferente. Es el principal comprador latinoamericano y sus inventarios de diésel llegaron a caer por debajo de seis días de suministro en abril, según datos recogidos por S&P Global. La exposición tiene además un componente agroalimentario: el transporte carretero es decisivo para los flujos comerciales con Estados Unidos y cualquier incremento persistente del combustible puede transmitirse hacia productores, empacadores, operadores logísticos y consumidores. Datos mexicanos indican, no obstante, que la producción doméstica ganó participación durante 2026, reduciendo parcialmente la dependencia importadora.
Principales mercados latinoamericanos para el diésel de Estados Unidos
| País | Envíos desde EE.UU. 1S 2026* (miles b/d) | Clave de exposición |
|---|---|---|
| México | ?220,0 | Mayor comprador regional |
| Chile | ?119,0 | Alta dependencia de EE.UU. |
| Ecuador | ?86,0 | Elevada dependencia importadora |
| Perú | ?83,8 | Alta exposición al suministro externo |
| Brasil | ?61,5 | Mayor producción y refinación doméstica |
| Panamá | ?41,7 | Alta dependencia importadora |
| Guatemala | ?41,0 | Alta exposición externa |
| Argentina | ?30,0 | Mayor respaldo de refinación propia |
| Honduras | ?27,3 | Dependencia del abastecimiento externo |
| Costa Rica | ?26,5 | Mercado importador |
| Fuente: IIF, EIA/API. 1S 2026, cifras aproximadas. Volumen importado no equivale a nivel de dependencia. |
Chile permite observar justamente esa diferencia entre volumen y vulnerabilidad. S&P Global estima que el 88% de sus importaciones de diésel procede de Estados Unidos, mientras las compras externas cubren aproximadamente dos tercios del consumo interno. Perú también figura entre los mercados particularmente expuestos. En ambos países, además del agro y el transporte, el combustible resulta crítico para la minería. S&P advierte que una restricción obligaría a los compradores latinoamericanos a competir simultáneamente por cargamentos alternativos provenientes de India, Medio Oriente, Europa u otros mercados, con mayores costos y tiempos logísticos.

Centroamérica y el Caribe agregan otro frente porque varios mercados poseen escasa capacidad de refinación y dependen fuertemente del combustible importado. El documento del IIF analizado para esta nota señala que Centroamérica depende prácticamente del Golfo de México para su abastecimiento de diésel, mientras Colombia y Argentina cuentan con mayor protección relativa por su refinación doméstica. Si el shock se prolongara, el desafío no sería únicamente conseguir nuevos proveedores, sino asumir diferencias de precios CIF, mayores distancias marítimas y eventualmente sostener subsidios para contener el traslado al consumidor.
La dimensión global agrava el desafío. Estados Unidos es el mayor exportador mundial de diésel y combustibles relacionados, y México, Chile, Brasil y Ecuador estuvieron entre sus cinco principales destinos durante 2025. Esos cinco mercados -incluidos los Países Bajos- concentraron 53,2% de las exportaciones estadounidenses de esa categoría, sobre un total anual de 418,1 millones de barriles. La EIA, además, registró exportaciones estadounidenses de destilados de 1,559 millones de barriles diarios en promedio de cuatro semanas al 18 de septiembre de 2026, lo que dimensiona el volumen que participa del comercio internacional.

Más flete y costos: el impacto puede llegar hasta el precio FOB de los alimentos
Para el agronegocio regional, la variable a monitorear será cuánto del aumento internacional termina trasladándose al costo productivo. El shock puede recorrer toda la cadena: combustible más caro, mayores costos de labores, aumento del flete campo-acopio, mayores gastos de traslado hacia los puertos y presión sobre el precio FOB. En productos de márgenes ajustados y largas distancias terrestres, el componente logístico adquiere especial importancia. Subsidios o mecanismos fiscales pueden amortiguar temporalmente el impacto, pero trasladan parte del costo desde productores y consumidores hacia las cuentas públicas.
El momento tampoco es menor para el comercio exterior latinoamericano. El BID informó que las exportaciones de bienes de América Latina y el Caribe crecieron 15,7% interanual durante el primer trimestre de 2026, impulsadas, entre otros sectores, por el buen desempeño de productos agroindustriales como soja, café y carnes. El organismo advirtió al mismo tiempo que mayores precios del transporte y los fertilizantes podrían elevar los costos de producción y comercialización. Un shock adicional sobre el diésel podría convertirse así en otra variable para la competitividad de las exportaciones agroalimentarias.

La alternativa para los importadores será diversificar proveedores, pero el mercado ofrece poco margen inmediato. América Latina debería competir por cargamentos de India, Medio Oriente y otros orígenes en un escenario donde Europa también busca reemplazar suministros afectados por las disrupciones globales. Eso puede implicar más distancia, mayores costos de flete y precios CIF superiores, además de nuevas exigencias logísticas. Para productores y agroexportadores, la cuestión ya no pasa solamente por cuánto cuesta el barril, sino por la resiliencia de toda la cadena frente a una alteración del abastecimiento energético.
Mientras Washington define si avanza o no con algún mecanismo de restricción, el agro latinoamericano enfrenta un riesgo que merece seguimiento. La dependencia del diésel estadounidense es desigual, pero una reducción de la oferta tendría capacidad de propagarse desde el combustible hacia la producción, los fletes, la infraestructura portuaria y los alimentos. Para la región, fortalecer inventarios, diversificar mercados de abastecimiento, mejorar infraestructura y ganar eficiencia energética aparece como parte de una agenda de resiliencia que va mucho más allá de esta coyuntura.
