El INTA proyectó que estrategias de mitigación pueden elevar 40 % la producción por vientre y reducir las emisiones de la ganadería argentina.
Especialistas del INTA presentaron en septiembre los resultados argentinos del proyecto internacional Ganasur, realizado sobre un sistema ganadero de ciclo completo de la Cuenca del Salado, en Buenos Aires. El trabajo proyectó que la incorporación gradual de estrategias de mitigación permitiría aumentar un 40 % la producción por vientre y evitar unas 7.400 toneladas de dióxido de carbono equivalente entre 2027 y 2040. El dato importa porque coloca a la eficiencia productiva en el centro del debate sobre cómo reducir la huella ambiental de la carne argentina sin resignar producción ni rentabilidad.
Ganasur se desarrolla sobre la estructura cooperativa de Procisur, que articula a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. El proyecto busca identificar sistemas ganaderos representativos, evaluar alternativas de mitigación y medir simultáneamente sus consecuencias productivas, económicas y ambientales. Para la Argentina fue elegido un sistema de ciclo completo de la Pampa deprimida, una decisión relevante por el peso que tiene esta región en la producción bovina nacional y por las posibilidades existentes de cerrar brechas de eficiencia.
La cría ocupa un lugar central en ese diagnóstico. Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, explicó que concentra una proporción importante de las emisiones del sistema, pero también presenta márgenes para mejorar sus indicadores reproductivos y productivos. La premisa que surge del estudio es producir más carne por cada vientre y reducir, al mismo tiempo, las emisiones generadas por unidad de producto. Para los países del Cono Sur, remarcó el especialista, incrementar la productividad continúa siendo una meta central y puede compatibilizarse con una mejora de la rentabilidad.

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De la sanidad al pastoreo: qué cambios propone el modelo
Las estrategias evaluadas no surgieron de un paquete exclusivamente teórico. Según el INTA, fueron consideradas tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, además de ser validadas mediante consultas con productores y referentes del sector. Entre ellas aparecen mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos, manejo del pastoreo, recuperación de pasturas, incorporación de leguminosas, suplementación estratégica, inseminación artificial a tiempo fijo y selección genética. La adopción, además, fue planteada como un proceso progresivo y no como una transformación inmediata del establecimiento.
Los números proyectados muestran la dimensión del cambio. La implementación completa de la trayectoria tecnológica permitiría evitar alrededor de 7.400 toneladas de CO? equivalente entre 2027 y 2040, una reducción estimada del 15 % frente al escenario de referencia. Hacia 2040, las emisiones anuales caerían hasta unas 2.645 toneladas de CO? equivalente. Al mismo tiempo, la huella de carbono por kilogramo producido podría reducirse cerca de un 27 %, un indicador cada vez más relevante para una ganadería argentina que deberá responder a mayores exigencias de trazabilidad y sustentabilidad en los mercados internacionales.
El otro dato fuerte está dentro del propio establecimiento: la producción por vientre crecería un 40 %, desde 197 hasta 275 kilos de peso vivo. Es decir, el planteo ambiental no aparece enfrentado con la productividad, sino asociado a ella. El mayor volumen de carne y una utilización más eficiente de los recursos también generarían beneficios económicos, según el estudio. En un negocio condicionado por costos, clima y márgenes variables, el resultado refuerza una discusión conocida por el productor argentino: cuánto potencial productivo todavía puede capturarse mediante manejo antes de avanzar hacia inversiones de mayor complejidad.
Ganadería sustentable: el desafío argentino frente a la región
La transición diseñada por Ganasur comienza precisamente por ese punto. Primero propone ordenar el manejo del rodeo y mejorar los índices reproductivos; después, fortalecer la oferta forrajera y nutricional; y recién en una instancia posterior incorporar herramientas que demandan mayor intensificación, inversión y capacidades técnicas. La secuencia busca evitar que sustentabilidad se convierta en sinónimo de mayores costos desde el primer día. También introduce una variable clave para el agro argentino: una tecnología ambiental difícilmente alcance escala si no mejora o, como mínimo, preserva la ecuación económica del productor.
El proyecto tiene además una lectura regional. Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile y la Argentina enfrentan el desafío de aumentar su producción agropecuaria mientras los mercados elevan las exigencias ambientales. Para nuestro país, productor y exportador histórico de carne vacuna, la discusión pasa por transformar eficiencia, trazabilidad y menor intensidad de emisiones en ventajas competitivas. En ese tablero, Ganasur aporta evidencia concreta: reducir la huella de carbono no necesariamente exige achicar el rodeo o producir menos. El camino evaluado en la Cuenca del Salado apunta en la dirección opuesta: obtener más kilos por vientre utilizando mejor los recursos disponibles.
La experiencia también plantea una señal para el futuro del negocio ganadero argentino. Frente a compradores que incorporan criterios ambientales y cadenas comerciales que demandan mayor información sobre el origen de los alimentos, productividad y sustentabilidad empiezan a formar parte de una misma estrategia competitiva. El desafío será trasladar los resultados experimentales a establecimientos con diferentes escalas, recursos y capacidades de inversión. Si esa adopción logra avanzar, la reducción de emisiones podría dejar de ser solamente una exigencia ambiental para convertirse en una herramienta destinada a producir más carne, mejorar márgenes y fortalecer la posición argentina frente a sus competidores regionales.

