Mientras Bunge lidera las exportaciones del agro argentino, cierra una histórica fábrica de fertilizantes y deja más de 100 empleos bajo amenaza en Campana.

La multinacional Bunge decidió cerrar el 26 de octubre de 2026 su histórica planta de fertilizantes en Campana, provincia de Buenos Aires, donde producía amoníaco y tiosulfato de amonio. La medida, conocida públicamente este martes 27, afecta a más de un centenar de trabajadores y fue atribuida a problemas de competitividad, infraestructura y abastecimiento de insumos. Pero el cierre llega en un momento difícil de explicar: la misma compañía que dice no poder sostener una fábrica acaba de consolidarse como la mayor agroexportadora de la Argentina. Una contradicción que merece respuestas.
Los números ayudan a dimensionar el contraste. Según datos de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), Bunge registró durante el primer semestre de 2026 unas 11,6 millones de toneladas en declaraciones de ventas al exterior, equivalentes a aproximadamente el 22% del volumen total declarado por el sector. Tras integrar a Viterra, la multinacional quedó por delante de Cargill y Cofco. Es cierto que exportar millones de toneladas no garantiza la rentabilidad de cada instalación industrial. Pero resulta legítimo preguntar por qué semejante gigante considera inviable mantener una fábrica vinculada con la nutrición de los cultivos argentinos.

Del trabajo a la incertidumbre: trabajadores permanecen frente a la planta de Bunge en Campana tras el sorpresivo cierre. La multinacional lidera las agroexportaciones argentinas, pero deja más de 100 puestos de trabajo en riesgo.
Una fábrica que estaba en mantenimiento y terminó cerrada: las explicaciones que Bunge todavía debe dar
La historia del cierre tiene un detalle difícil de ignorar. Según relató Leandro Straschenco, secretario gremial del sindicato químico, la planta llevaba aproximadamente un mes y medio detenida por una parada programada de mantenimiento. Los trabajos estaban cerca de finalizar e incluso se habían realizado inversiones en determinados equipos. Sin embargo, los empleados recibieron una comunicación de Recursos Humanos informando que la producción sería discontinuada. ¿Cómo se pasa de invertir en el mantenimiento de una fábrica a decidir su cierre prácticamente de un día para otro?
El delegado general Claudio Román describió una situación todavía más desconcertante. Según su testimonio, los trabajadores creían que la empresa disponía de entre 60 y 90 días para conseguir un nuevo proveedor de azufre, materia prima necesaria para elaborar tiosulfato de amonio. Pero la decisión llegó antes. Román aseguró que, tras anunciar el cierre, representantes empresariales indicaron cómo iniciar los trámites de liquidación mediante un código QR y restringieron el ingreso a las instalaciones. Para quienes trabajaban allí, una parada de mantenimiento terminó convirtiéndose en el posible final de décadas de producción industrial.
Las explicaciones atribuidas a Bunge incluyen dificultades para conseguir azufre, mayores costos fijos, limitaciones tecnológicas y competencia de fertilizantes importados, particularmente desde China. Son factores que pueden afectar seriamente la viabilidad de una industria química. Sin embargo, la empresa todavía tiene una pregunta fundamental por responder públicamente: cuánto cuesta fabricar en Campana y cuánto costaría abastecer ese mismo mercado mediante importaciones. Sin esa comparación, resulta imposible determinar si el cierre responde exclusivamente a una necesidad económica o también a una decisión estratégica del grupo.

Bunge cierra su histórica planta de Campana y deja a más de 100 trabajadores afectados. La multinacional promete acompañamiento y cumplir sus obligaciones laborales, mientras crece la incertidumbre sobre el futuro de las familias.
El caso resulta especialmente sensible porque Bunge no está anunciando su retirada del negocio argentino de fertilizantes. El cierre corresponde a una operación industrial específica, mientras la compañía mantiene otras actividades agroindustriales y comerciales en el país. En Campana se elaboraba tiosulfato de amonio, utilizado en fertilizantes líquidos comercializados bajo la marca SolMix, además de producirse amoníaco para abastecer ese proceso y vender excedentes. Según Román, durante la temporada alta podían salir entre 40 y 50 camiones diarios de SolMix. La gran incógnita es quién fabricará ahora esos productos y desde dónde llegarán al productor.
Bunge crece como exportadora, pero achica su producción industrial: ¿qué Argentina le conviene?
El cierre también involucra a la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA), que participa con el 17,5% de la operación. Su presencia agrega otra dimensión al conflicto: una organización estrechamente vinculada con los productores agropecuarios forma parte de una actividad industrial destinada a abastecer de nutrientes al propio campo. ¿Qué posición adoptó ACA frente a la decisión? ¿Se analizaron alternativas para preservar la producción? Son interrogantes relevantes porque el problema no se limita al balance de una multinacional: también alcanza al modelo de integración productiva que necesita el agro argentino.
La dimensión laboral presenta diferencias que requieren precisiones. Una de las cifras difundidas sobre el cierre habla de 110 empleados afectados, mientras Straschenco estimó entre 135 y 137 trabajadores directos. Al incorporar servicios tercerizados, el dirigente calculó que el impacto podría alcanzar aproximadamente a 250 personas. Esas cifras corresponden a universos distintos y todavía deben ser aclaradas por la compañía. Lo concreto es que Campana enfrenta la pérdida de empleos industriales especializados, además de las consecuencias económicas que una fábrica paralizada puede generar sobre proveedores y servicios locales.
Hay una discusión de fondo que Bunge no puede esquivar. La Argentina exporta materias primas, necesita fertilizantes para sostener su productividad y busca aumentar el agregado de valor dentro de sus fronteras. En ese contexto, perder una instalación capaz de fabricar insumos agrícolas representa un retroceso de capacidad industrial, aunque la empresa considere económicamente razonable su decisión. Brasil y otros competidores regionales también enfrentan el desafío de asegurar fertilizantes a precios competitivos. Para nuestro país, la pregunta es si conviene depender cada vez más de proveedores externos o generar condiciones para sostener producción local eficiente.

Bunge apuesta a exportar millones de toneladas desde la Argentina, pero deja de fabricar fertilizantes en el país. ¿El futuro del agro será producir más granos e importar cada vez más insumos?
La apertura importadora, los costos energéticos, la infraestructura y la presión tributaria forman parte del debate sobre competitividad. Pero atribuir automáticamente el cierre a las importaciones chinas sería tan apresurado como aceptar sin cuestionamientos que una planta de más de 50 años ya no tenía alternativas. Para evaluar la decisión hacen falta datos sobre costos, inversiones necesarias, abastecimiento y precios internacionales. También corresponde conocer si Bunge analizó una modernización tecnológica, una reconversión productiva o una asociación que permitiera continuar fabricando. Hasta ahora, esas alternativas no fueron explicadas públicamente con suficiente detalle.
Bunge tiene derecho a reorganizar sus negocios, pero su tamaño y su peso en el agro argentino vuelven especialmente relevante la transparencia de sus decisiones. Una empresa que concentra cerca del 22% de las declaraciones de ventas externas del sector en un semestre no es un actor marginal. Su estrategia influye sobre cadenas productivas, inversiones y empleo. El cierre de Campana plantea así una cuestión incómoda: ¿la Argentina seguirá siendo atractiva para que las multinacionales exporten millones de toneladas, pero cada vez menos competitiva para que fabriquen determinados insumos dentro del país?
La respuesta no puede reducirse a defender cualquier fábrica sin considerar sus costos ni a justificar cualquier cierre invocando la competencia internacional. Lo que necesita la Argentina son inversiones, eficiencia, tecnología, producción y empleo. Si Campana era realmente inviable, Bunge debería explicar por qué y qué alternativas descartó. Si el negocio continuará mediante productos importados, también corresponde conocerlo. Porque detrás de esta decisión queda una pregunta que excede a la multinacional: ¿queremos un país que solamente exporte lo que produce el campo o uno que también tenga capacidad industrial para abastecerlo
