Con la mejora en los perfiles y el repunte de la siembra, la campaña comienza a alinearse tras semanas inestables.

La campaña agrícola vuelve a ordenarse en gran parte del país y el clima, por una vez, juega a favor. Según el relevamiento del PAS al 10 de diciembre, la siembra de soja se aceleró de manera significativa, alcanzando el 58,6 % del área proyectada, con un 97 % del cultivo en condición Normal/Buena y un 91 % con humedad Adecuada/Óptima, una foto que no es habitual en esta época del año y que permite proyectar un crecimiento más parejo en los próximos meses. En los Núcleos comienzan incluso a verse los primeros lotes entrando en estadios reproductivos (R1) bajo condiciones que, por ahora, son catalogadas como óptimas.

La siembra de maíz también recuperó dinamismo, especialmente en el centro y sur de Buenos Aires, avanzando hasta el 59,2 % del total nacional. Con perfiles bien recargados y un 88 % del área entre Buena y Excelente, tanto los planteos tardíos como los tempranos muestran una estabilidad poco frecuente para esta altura de la campaña. Para un cultivo tan dependiente del agua en sus primeras etapas, este escenario de mínimo estrés hídrico representa un punto de partida alentador.

El girasol sostiene una de las mejores fotografías del ciclo: 80,2 % del área con humedad Adecuada/Óptima y un 100 % del cultivo entre Normal y Excelente. Mientras tanto, el 38,1 % ya transita botón floral en adelante, etapa en la que las lluvias oportunas de las últimas semanas resultaron decisivas para mantener el potencial alto, especialmente en el norte del país.
El trigo, por su parte, avanza firme en la trilla: 60,2 % cosechado y rendimientos que superan los promedios históricos en varias zonas. Los datos son elocuentes: Córdoba registra 37 qq/Ha; Centro-Norte de Santa Fe, 38 qq/Ha; Entre Ríos, 45 qq/Ha; y los núcleos productivos, entre 56 y 58 qq/Ha. Con estos resultados, el rinde nacional sube a 41,4 qq/Ha, suficiente para sostener la proyección de 25,5 Mt. En paralelo, la cebada también avanza, con 17,9 % cosechado y un rinde semanal promedio de 44 qq/Ha, cinco puntos por encima de la campaña previa. Si bien persisten daños localizados por heladas, muchos lotes no afectados compensan con creces esas pérdidas.

Más allá de los números, el denominador común de esta etapa del ciclo es la humedad, un factor que este año se presenta como aliado en casi todas las regiones agrícolas. El impacto es doble: por un lado, permite acelerar labores y asegurar una implantación más homogénea; por el otro, reordena las expectativas de rinde, que en campañas recientes habían quedado condicionadas por la falta de agua o por excesos que impedían incluso el ingreso a los lotes.
Sin embargo, la gran pregunta que atraviesa al sector es si este buen arranque podrá transformarse en competitividad real en los mercados internacionales. Mientras Brasil continúa expandiendo su superficie y afianzando su logística, y Uruguay capitaliza su estabilidad normativa para atraer inversiones, Argentina sigue enfrentando las tensiones de siempre: retenciones, brecha cambiaria, costos logísticos altos y dificultades para sostener reglas claras en el tiempo. A esto se suma la creciente presión global por huella de carbono, trazabilidad y tecnologías de mitigación, que empujan a los países agroexportadores a un estándar cada vez más exigente.
Los avances en agricultura digital, biotecnología y manejo sustentable ya se observan en la región y también en nuestro país, pero la velocidad de adopción no siempre puede competir con la de nuestros vecinos. En un contexto global donde cada tonelada necesita justificar su camino, Argentina deberá apostar a una estrategia que combine productividad, agregado de valor y eficiencia logística si quiere recuperar terreno en el tablero comercial.
La campaña gruesa 2025/26 ofrece, al menos por ahora, una base sólida: cultivos bien implantados, perfiles cargados y un trigo que aporta volumen y optimismo. Pero la foto productiva no alcanza por sí sola. La verdadera oportunidad está en transformar estas buenas condiciones en competitividad sostenible, un desafío que trasciende al clima y exige decisiones económicas que acompañen la potencia del campo argentino.
