Mientras avanza la cosecha, técnicos y productores advierten que el ataque de aves en girasol puede generar pérdidas severas y focalizadas. La clave, aseguran, está en decisiones agronómicas tempranas y en una mirada integral del sistema productivo, más allá del cultivo.
La campaña de girasol vuelve a encender luces amarillas en el norte de Santa Fe. El avance de palomas y cotorras sobre los lotes en etapa final de desarrollo mantiene en alerta a los productores, en un escenario donde el daño no es homogéneo, pero puede escalar a niveles críticos en situaciones puntuales. A medida que la trilla progresa, los técnicos confirman que el problema se repite campaña tras campaña y exige respuestas que combinen manejo agronómico, coordinación institucional y políticas de largo plazo.
En los últimos meses, los reclamos de productores de Santa Fe y Chaco derivaron en la intervención de la Comisión de Protección Vegetal Santafesina (Coprovesa), que reconoció la magnitud del fenómeno pero optó por postergar la declaración formal de plaga. En paralelo, se conformaron dos equipos técnicos: uno destinado a delimitar las zonas más afectadas y otro enfocado en diseñar propuestas de manejo para reducir el impacto productivo.

El debate técnico coincidió, además, con la media sanción en el Senado provincial de un proyecto del legislador Rodrigo Borla, que propone declarar plaga la superpoblación de palomas en todo el territorio santafesino. La iniciativa, que será tratada por Diputados durante 2026, plantea que el problema trasciende lo productivo y alcanza también al patrimonio urbano y la salud pública.
Desde el plano agronómico, el ingeniero agrónomo Sebastián Zuil, docente de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Litoral, integrante de ASAGIR y asesor privado, explicó que el daño por aves en girasol es altamente focalizado. «No es un daño parejo. Las aves eligen determinados lotes y se empecinan con ellos, generando pérdidas muy elevadas«, señaló.
Los relevamientos muestran que los lotes más vulnerables son aquellos cercanos a cursos de agua, montes, dormideros, líneas arboladas, eucaliptus o tendidos eléctricos, ambientes que facilitan el descanso y la concentración de las aves. Estudios realizados junto al INTA Reconquista detectaron casos extremos con pérdidas del 50 al 70% del rinde en sectores puntuales, mientras que en otros el daño se concentró en los bordes y se diluyó hacia el interior del lote.
Zuil remarcó que palomas y cotorras no se comportan igual. La paloma, con colonias numerosas y gran capacidad de desplazamiento -puede recorrer hasta 200 kilómetros en busca de alimento-, comienza a causar daño cuando el girasol está maduro, en la antesala de la cosecha. La cotorra, en cambio, actúa mucho antes, desde floración, y no sólo consume grano: también capítulo, receptáculo y tallo, afectando además a maíz y sorgo. Su daño suele ser más localizado, pero altamente destructivo.

El girasol, por su propia morfología, resulta especialmente vulnerable: el grano queda expuesto en un capítulo de orientación vertical, lo que facilita el acceso de las aves. Sin embargo, existen herramientas de manejo que permiten reducir pérdidas, sobre todo frente a palomas. Una de ellas es la elección de híbridos con capítulos decumbentes o inclinadores, que durante el llenado de grano «esconden» el capítulo dentro del canopeo, entre 20 y 25 centímetros por debajo de las hojas, dificultando el consumo.
La otra herramienta clave es la cosecha anticipada mediante desecado. El girasol alcanza la madurez fisiológica varios días antes de estar en condiciones de cosecha mecánica. La aplicación de un desecante acelera el secado de la planta sin afectar la calidad del grano y permite adelantar la trilla entre 10 y 15 días, acortando el período de exposición al ataque. Para definir el momento correcto, se recomienda registrar la fecha de floración y aplicar cuando hayan pasado unos 35 días, con la humedad del grano por debajo del 28-26%.
Estas prácticas, advierte Zuil, tienen menor efecto frente a cotorras, donde el control de nidos puede ser una herramienta útil debido a su radio de desplazamiento más corto. Aun así, el especialista subraya que el problema excede largamente al girasol. «La población de palomas no la define un cultivo, sino la cantidad total de alimento disponible en el sistema productivo«, explicó. Maíz, sorgo, soja, trigo, pérdidas de cosecha, granos derramados en transporte, acopios, feedlots y sistemas ganaderos sostienen poblaciones elevadas todo el año.
Desde esta mirada, eliminar o reducir un cultivo no resuelve el problema. Sin mejoras en cosecha, logística y manejo de residuos, las aves simplemente desplazan el daño entre cultivos. En ese contexto, una eventual declaración de plaga podría ser una herramienta válida sólo si está acompañada por un plan de acción concreto y coordinado, incluso a escala regional o nacional, dado que se trata de especies que no reconocen límites políticos.

