Especialistas advierten que la plaga sigue presente en las zonas algodoneras y que su control exige monitoreo permanente y coordinación entre productores.
El picudo del algodonero vuelve a ubicarse entre las principales preocupaciones sanitarias de la producción algodonera del norte argentino, donde técnicos y productores advierten que el insecto mantiene una presencia activa en los lotes y exige un manejo permanente y coordinado para evitar pérdidas productivas.
En las últimas campañas, el avance de esta plaga volvió a poner en evidencia la necesidad de reforzar las estrategias de monitoreo y control, especialmente en provincias con fuerte tradición algodonera como Chaco, Santiago del Estero y Formosa.
La problemática se hizo visible recientemente cuando un productor de la región chaqueña decidió destruir su cultivo ante el avance del insecto, una medida extrema que refleja el impacto económico que puede generar el picudo cuando el control no se realiza a tiempo.

Especialistas del sistema público de investigación agropecuaria señalan que el picudo no es una plaga ocasional, sino un insecto instalado en la región que requiere seguimiento constante durante todo el ciclo productivo.
A diferencia de otras plagas que aparecen de manera puntual, el picudo tiene la capacidad de reproducirse rápidamente dentro del cultivo, lo que obliga a intensificar los monitoreos cuando el algodón entra en su etapa reproductiva.
En ese momento del desarrollo del cultivo, cuando comienzan a formarse los pimpollos, los técnicos recomiendan recorrer los lotes cada cuatro o cinco días para detectar señales tempranas de daño provocadas por la alimentación o la oviposición del insecto.
Una de las herramientas clave para anticipar su presencia son las trampas con feromonas, que se instalan antes de la siembra y permiten detectar el movimiento del insecto en los campos.
Sin embargo, los especialistas advierten que estas trampas cumplen una función preventiva y que, una vez que el cultivo comienza su fase reproductiva, la observación directa en el lote se vuelve fundamental para detectar ataques tempranos.
Cuando los productores comienzan a ver adultos del picudo en las plantas, muchas veces el problema ya está avanzado, ya que la presencia visible del insecto suele indicar que el ciclo reproductivo se inició con anterioridad dentro del cultivo.
Las condiciones climáticas también juegan un papel importante en la evolución de la plaga. En las últimas campañas, períodos con mayor humedad durante los meses de noviembre y diciembre favorecieron el desarrollo del insecto y facilitaron su expansión en distintas zonas algodoneras.

El manejo del picudo tampoco se limita al período de crecimiento del cultivo. Los especialistas insisten en que el control debe mantenerse durante todo el año productivo, incluso después de la cosecha.
Una vez finalizada la campaña y tras la destrucción del rastrojo, comienza el período conocido como vacío fitosanitario, una etapa en la que disminuye la actividad del insecto, pero donde también resulta clave continuar con el monitoreo mediante trampas o recorridas de campo.
Otro aspecto considerado fundamental es la coordinación entre productores vecinos, ya que el manejo individual pierde efectividad si los lotes cercanos no aplican las mismas medidas de control.
La experiencia de los técnicos muestra que cuando algunos productores implementan monitoreos y prácticas de manejo adecuadas, pero otros campos cercanos no lo hacen, la plaga termina desplazándose y afectando a toda la zona productiva.
La falta de coordinación en las fechas de siembra también puede favorecer la persistencia del insecto en los campos. Cuando las siembras se realizan de manera escalonada entre distintos productores -en septiembre, octubre, noviembre o incluso diciembre- se genera una disponibilidad continua de alimento para el picudo, lo que facilita su permanencia en la región.
Frente a este escenario, los especialistas consideran que resulta fundamental analizar lo ocurrido en cada campaña para comprender qué factores influyeron en los ataques y utilizar esa información para mejorar las estrategias de manejo en los próximos ciclos productivos.
Además del picudo, el cultivo de algodón también enfrenta otras amenazas sanitarias, como daños provocados por aves granívoras, entre ellas palomas y cotorras, lo que muchas veces concentra la atención de los productores en las primeras etapas del cultivo.
Sin embargo, los técnicos insisten en que ninguna variable sanitaria debe descuidarse, ya que el picudo puede mantenerse activo incluso cuando no es visible en el campo.
La clave, coinciden desde el ámbito técnico, es asumir que el insecto forma parte del sistema productivo regional y que su control depende de la constancia en el monitoreo, el manejo integrado del cultivo y el trabajo coordinado entre productores.
En ese marco, el desafío para la cadena algodonera argentina será fortalecer las prácticas de manejo sanitario y la articulación entre productores y técnicos, con el objetivo de reducir el impacto de una de las plagas más complejas que enfrenta el cultivo en el país.

