Ensayos a campo en Argentina muestran que el uso estratégico de bioestimulantes mejora hasta un 100% la producción de pasturas.
Ensayos a campo realizados en Argentina muestran que el uso estratégico de bioestimulantes en pasturas puede incrementar hasta un 100% la producción de materia seca, un dato clave para mejorar la eficiencia de los sistemas ganaderos y la rentabilidad del negocio. En un contexto donde la producción de ganado bovino depende directamente de la disponibilidad de forraje, estos resultados cobran relevancia para todo el campo argentino, especialmente frente a escenarios de cambio climático y mayor variabilidad ambiental.
En los sistemas ganaderos, los kilos de carne y los litros de leche comienzan en la base forrajera. Sin embargo, factores como el estrés hídrico, las altas temperaturas, la salinidad o la degradación de los suelos suelen limitar el potencial productivo de las pasturas. Estas condiciones impactan de manera directa en etapas críticas como la implantación, donde un escaso desarrollo radicular condiciona la capacidad de absorción de agua y nutrientes, afectando el rinde a lo largo de todo el ciclo.

Frente a este escenario, las biosoluciones orientadas a mejorar el desempeño de los cultivos ganan protagonismo dentro de los esquemas productivos. Evaluaciones realizadas en distintas regiones productivas del país muestran que, en aplicaciones realizadas en momentos de estrés -particularmente hacia fines de primavera y comienzos del verano-, se registraron incrementos de producción superiores al 100% respecto de los testigos. En tanto, en condiciones ambientales más favorables, como durante el otoño, los aumentos de productividad se ubicaron en torno al 65%, consolidando su impacto en distintas situaciones productivas.
A su vez, ensayos realizados en el centro de la provincia de Buenos Aires evidenciaron que la incorporación de tecnologías biológicas en el suelo, combinadas con fertilización, permitió mejorar el desarrollo radicular y generar incrementos de entre 35% y 90% en pasturas implantadas en ambientes degradados, lo que refuerza su potencial como herramienta para recuperar lotes con limitantes productivas.

Los especialistas coinciden en que el impacto de estas tecnologías no depende únicamente del insumo, sino del manejo agronómico. En este sentido, diferencian aplicaciones orientadas a la mitigación del estrés, claves para recuperar cultivos afectados por condiciones adversas, y otras destinadas a estimular el crecimiento, que permiten potenciar el rinde cuando el cultivo se encuentra en buenas condiciones. La correcta elección del momento de aplicación se vuelve determinante para maximizar los resultados.
En sistemas donde cada kilo de pasto es determinante, mejorar la productividad de las pasturas tiene un impacto directo en la rentabilidad, al aumentar la oferta forrajera y reducir la necesidad de suplementación. Esto se traduce en una mayor eficiencia en la conversión productiva y en un mejor aprovechamiento de los recursos disponibles dentro del sistema.
Al mismo tiempo, el uso de estas herramientas se vincula con prácticas de sustentabilidad, al favorecer la actividad biológica del suelo y contribuir a sistemas más resilientes frente a condiciones climáticas adversas. En un escenario donde la eficiencia productiva y el cuidado de los recursos naturales son cada vez más relevantes, la incorporación de este tipo de tecnologías aparece como una alternativa concreta para sostener la competitividad.
Los datos a campo confirman que, con una estrategia adecuada, los bioestimulantes pueden desempeñar un rol clave dentro de la tecnificación del agro argentino, aportando mayor estabilidad productiva y fortaleciendo la cadena de valor ganadera en un contexto cada vez más desafiante.

