El conflicto con Irán sacude el mercado de fertilizantes, eleva costos y pone en riesgo la producción agrícola a nivel global.
El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán volvió a poner en alerta al sistema agroalimentario global, con un impacto directo sobre el mercado de fertilizantes nitrogenados y el riesgo creciente de una suba en los precios de los alimentos. La tensión, intensificada en las últimas semanas, afecta rutas estratégicas de energía y comercio, lo que encarece insumos clave para la producción agrícola y amenaza con reducir los rindes a nivel mundial.
La preocupación no es menor: cerca del 50% de la producción mundial de alimentos depende del uso de fertilizantes, especialmente los derivados del gas natural como la urea y el amoníaco. En este contexto, cualquier interrupción en el suministro tiene efectos inmediatos sobre los costos productivos y, en consecuencia, sobre la oferta global de alimentos.
Uno de los puntos críticos es el estrecho de Ormuz, por donde circula entre el 20% y 25% del petróleo mundial y una parte significativa del comercio de gas natural licuado. También transita por allí cerca del 30% del comercio global de fertilizantes, lo que convierte a la región en un nodo estratégico cuya inestabilidad impacta de lleno en el agro.
Precios en alza y presión sobre la producción
Desde el inicio de las hostilidades, los precios de los fertilizantes registraron subas aceleradas. La urea superó los 590 dólares por tonelada en Medio Oriente, con picos cercanos a los 690 dólares en pocos días, mientras que los fosfatos también mostraron incrementos sostenidos. En paralelo, se estima que el conflicto podría afectar entre el 65% y el 70% del suministro global de urea, lo que eleva la incertidumbre sobre la disponibilidad del insumo.

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Este escenario encuentra a los productores en un momento delicado. Con precios más débiles en granos y oleaginosas, el aumento en el costo de los fertilizantes reduce los márgenes y obliga a muchos a replantear estrategias. En algunos casos, podría derivar en una menor aplicación de nutrientes, lo que impactaría directamente en los rendimientos y en la calidad de los cultivos.
A diferencia del petróleo, los fertilizantes no cuentan con reservas estratégicas globales, lo que amplifica el impacto de cualquier disrupción. Países altamente dependientes de importaciones, como India o Bangladesh, ya enfrentan recortes en la producción de fertilizantes por la caída en el suministro de gas. En paralelo, plantas clave en Qatar detuvieron operaciones y Egipto podría ver limitada su producción tras restricciones en el abastecimiento energético.
China, por su parte, reaccionó restringiendo exportaciones para proteger su mercado interno, lo que reduce aún más la oferta disponible a nivel global. Este tipo de medidas tiende a profundizar la volatilidad y presiona aún más los precios internacionales.
En América Latina, el impacto aparece más contenido en el corto plazo, aunque no exento de riesgos. Brasil, uno de los mayores consumidores de fertilizantes del mundo, ya advirtió sobre posibles dificultades en el abastecimiento. Argentina, si bien tiene cierta ventaja por su producción de gas, también depende en gran medida de importaciones para sostener su esquema productivo.
El efecto inmediato podría ser limitado en el hemisferio norte, donde muchos productores ya aseguraron insumos para la campaña en curso. Sin embargo, si el conflicto se prolonga, comenzará a influir en las decisiones de siembra del hemisferio sur y en cultivos sensibles como el arroz en Asia.
A mediano plazo, el escenario se vuelve más complejo. Una interrupción prolongada podría derivar en menores niveles de producción agrícola global, mayores costos de alimentos y una presión adicional sobre la inflación. Organismos internacionales advierten que millones de personas podrían verse empujadas a situaciones de inseguridad alimentaria si los precios continúan en alza.
El impacto también se trasladaría a la cadena ganadera, ya que el encarecimiento de granos como maíz y soja incrementa los costos de alimentación animal, lo que termina reflejándose en los precios finales de carnes y lácteos.
Especialistas señalan la necesidad de diversificar proveedores, desarrollar rutas logísticas alternativas y fortalecer la resiliencia de los sistemas productivos. La crisis vuelve a dejar en evidencia la fuerte dependencia del agro global de insumos energéticos y cadenas de suministro altamente concentradas.
Si el conflicto encuentra una resolución en el corto plazo, el mercado podría estabilizarse en algunos meses. Pero si la tensión se prolonga, el impacto podría sentirse en la próxima campaña agrícola global, con efectos directos sobre la disponibilidad y el precio de los alimentos en todo el mundo.

