EL conflicto en Medio Oriente vuelve a tensionar el suministro global de fertilizantes, exponiendo la fuerte dependencia externa de EE.UU. y Brasil y elevando los costos productivos.
El 21 de abril de 2026, un informe de analistas internacionales advirtió que el conflicto en Medio Oriente volvió a poner en jaque el mercado global de fertilizantes, tras las restricciones de Irán en el Estrecho de Ormuz, una vía clave para el comercio mundial. La situación impacta directamente en Estados Unidos y Brasil, los mayores importadores de fertilizantes del mundo, y amenaza con elevar los costos productivos en plena campaña agrícola.
El Estrecho de Ormuz concentra cerca del 30% de los envíos globales de fertilizantes, además de un porcentaje clave del gas natural y petróleo. La interrupción del flujo logístico provocó una suba inmediata en los precios de la energía y de insumos como urea, fosfatos y amoníaco, afectando las relaciones de intercambio entre granos y fertilizantes, que se mantienen en niveles históricamente altos desde 2022.

En este contexto, el Golfo Pérsico se posiciona como un nodo crítico: es el mayor exportador global de fertilizantes nitrogenados y uno de los principales en fosfatados. Cualquier alteración en esta región repercute directamente en la rentabilidad agrícola global.

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Dependencia estructural: EE.UU. y Brasil bajo presión
En el caso de Estados Unidos, si bien cuenta con una industria local sólida que cubre cerca del 60% de su demanda de nutrientes (NPK), mantiene una fuerte dependencia externa en insumos clave. En 2025, el país importó el 95% de su potasa, principalmente desde Canadá, Rusia e Israel. Además, la dependencia de fosfatos importados casi se duplicó desde 2021, mientras que el uso de nitrógeno importado también creció.

Brasil enfrenta una situación aún más crítica. En 2025, el 88% de los fertilizantes utilizados fueron importados, consolidando al país como el mayor importador global. La dependencia es extrema en potasa (96%) y nitrógeno (95%), con la urea prácticamente en su totalidad proveniente del exterior. Esto se explica, en parte, por los altos costos energéticos locales que limitan la producción interna mediante procesos como el Haber-Bosch.
Si bien Brasil posee reservas de fosfato y ha avanzado en proyectos productivos -incluyendo una nueva planta con capacidad de 1 millón de toneladas anuales-, aún importa el 72% de sus necesidades, lo que evidencia una vulnerabilidad estructural.

En los últimos cinco años, lejos de reducirse, esta dependencia se ha profundizado. Mientras Estados Unidos mantuvo niveles estables de producción e importación, Brasil incrementó su consumo a 49 millones de toneladas en 2025, impulsado por la expansión agrícola, especialmente en soja y maíz.
La actual crisis presenta un desafío adicional: a diferencia de 2022, cuando los precios de los commodities compensaban el alza de insumos, hoy los fertilizantes suben sin un acompañamiento equivalente en los precios agrícolas, reduciendo márgenes y elevando el riesgo financiero.

Para los productores brasileños, el impacto es inmediato, ya que coincide con la ventana de compra de insumos para la campaña 2026/27. En Estados Unidos, en cambio, el efecto es más diferido, dado que gran parte de los fertilizantes ya fueron adquiridos previamente.
A pesar de estas diferencias, ambos países enfrentan un mismo dilema: la necesidad urgente de fortalecer la producción local de fertilizantes para reducir la exposición a shocks geopolíticos. En un mercado global cada vez más volátil, la seguridad en el suministro de insumos se convierte en un factor clave para sostener la competitividad agrícola.

