Guerra en Irán presiona fertilizantes y amenaza la próxima cosecha global

El conflicto en Medio Oriente dispara precios y frena suministros clave, afectando decisiones de siembra y poniendo en riesgo la producción mundial de granos.

La guerra en Irán, intensificada desde fines de febrero de 2026, está generando un fuerte shock en el mercado global de fertilizantes, afectando a productores de todo el mundo y encendiendo alertas sobre la próxima campaña agrícola. Con el estrecho de Ormuz parcialmente paralizado, el comercio de insumos clave se ha visto interrumpido, lo que podría traducirse en menores rendimientos y una caída en la producción global de granos.

Un cuello de botella que golpea al corazón del agro

El Medio Oriente es uno de los principales hubs de producción de fertilizantes del mundo, y gran parte de estos flujos comerciales dependen del tránsito por el estrecho de Ormuz. La interrupción del tráfico marítimo ya provocó la suspensión de exportaciones de urea desde Qatar, además de limitar el acceso a insumos críticos como azufre y amoníaco, fundamentales para la producción de fertilizantes nitrogenados.

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Según analistas, el impacto actual podría ser incluso más severo que el registrado en 2022 tras la guerra entre Rusia y Ucrania. «Estamos viendo una restricción de oferta mucho más profunda«, advierten especialistas del mercado.

Precios en alza y productores sin margen

Desde el inicio del conflicto, los precios de la urea -uno de los fertilizantes más utilizados a nivel global- registraron subas abruptas, impulsadas por la pérdida de aproximadamente un tercio del comercio mundial proveniente del Golfo.

Guerra en Irán presiona fertilizantes y amenaza la próxima cosecha global

A diferencia de 2022, cuando los altos precios de los granos amortiguaron el impacto, hoy el escenario es distinto: el trigo cotiza cerca de la mitad de lo que valía hace cuatro años, mientras que la soja también registra valores significativamente menores. Esto deja a muchos productores sin capacidad de absorber el aumento de costos.

En países como India, grandes importadores han convalidado precios récord, pero en gran parte del mundo -especialmente en mercados emergentes- el acceso a fertilizantes se vuelve cada vez más limitado.

Menos fertilización, más riesgo productivo

Los fertilizantes nitrogenados, como la urea, son esenciales para sostener los rendimientos y la calidad de los cultivos. Ante el encarecimiento, algunos productores evalúan reducir las dosis aplicadas o directamente cambiar cultivos, una decisión que podría tener impacto directo en la oferta global de alimentos.

Precios del trigo y la soja en Chicago desde 2022
Precios del trigo y la soja en Chicago desde 2022

En Australia, por ejemplo, se proyecta una caída del 14% en el área de trigo, mientras que en Brasil -principal exportador mundial de soja- se espera un menor uso de fertilizantes o el reemplazo por opciones más económicas y menos eficientes.

En Europa, las decisiones de siembra también comienzan a ajustarse: se observa una menor intención de implantar cultivos intensivos en insumos como el maíz, y se anticipa una reducción en la calidad proteica del trigo por menor fertilización nitrogenada.

Un riesgo que trasciende campañas

Aunque los stocks globales de granos siguen siendo relativamente altos tras cosechas récord recientes, organismos internacionales como el Consejo Internacional de Granos ya comenzaron a recortar sus proyecciones para las próximas campañas.

La ONU también advirtió sobre el impacto en la seguridad alimentaria, especialmente en regiones vulnerables como África Oriental, donde los altos costos de insumos podrían agravar situaciones de hambre.

Además, al menos 2 millones de toneladas de producción de urea ya se han perdido desde el inicio del conflicto, mientras que cerca de 1 millón de toneladas permanecen varadas en el Golfo. Incluso si el conflicto se resolviera en el corto plazo, los analistas anticipan que la normalización del mercado podría demorar meses.

 

La preocupación del mercado ya empieza a proyectarse más allá del corto plazo: el verdadero impacto podría sentirse en las decisiones de siembra del hemisferio norte hacia finales de 2026, poniendo en jaque la cosecha global de 2027.

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