El aumento de costos, el clima extremo y la caída de la rentabilidad obligan a miles de productores británicos a reinventarse para seguir en actividad.
INGLATERRA, 29 de mayo de 2026. Más del 70% de las explotaciones agrícolas inglesas obtiene hoy ingresos de actividades ajenas a la producción agropecuaria, una cifra récord que refleja la profunda crisis de rentabilidad que atraviesa el sector. El fenómeno se aceleró por el aumento de costos, la incertidumbre sobre los subsidios estatales y los impactos cada vez más frecuentes del cambio climático, transformando por completo el modelo tradicional de negocio rural.
Lo que antes eran campos dedicados exclusivamente a producir alimentos ahora albergan gimnasios, centros de bienestar, bodas, alojamientos turísticos, parques solares y experiencias para visitantes. Para muchos productores, ya no se trata de una oportunidad de crecimiento, sino de una cuestión de supervivencia.
Uno de los casos más emblemáticos es el de Rushett Farm, una histórica explotación ubicada al sur de Londres. Allí, un antiguo galpón agrícola fue convertido en un moderno centro de bienestar donde se realizan clases de pilates, actividades deportivas y sesiones de relajación conocidas como «sound baths».
La transformación responde a una realidad contundente: la agricultura dejó de ser suficiente para sostener económicamente a muchas familias rurales.
«Si esto fuera solamente una granja, no funcionaría», explicó Charlie Woodall, representante de la cuarta generación familiar al frente del establecimiento.
La familia invirtió unas 120.000 libras esterlinas en la adaptación de las instalaciones y hoy recibe cientos de clientes por semana, generando ingresos mucho más estables que los obtenidos a través de la producción agrícola tradicional.

Fuente: Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales
La presión financiera sobre los productores británicos viene creciendo desde hace años.
Según datos oficiales, los costos de producción aumentaron alrededor de un 41% durante la última década, impulsados por el encarecimiento de fertilizantes, energía, maquinaria y alimentación animal.
Las consecuencias de conflictos internacionales también llegaron al campo. Primero la pandemia, luego la guerra en Ucrania y más recientemente el conflicto con Irán provocaron alteraciones en las cadenas globales de suministro y nuevos incrementos de costos para los productores.
A esto se suma una creciente variabilidad climática. Inundaciones, sequías y olas de calor cada vez más frecuentes afectan los rendimientos agrícolas y aumentan la incertidumbre sobre las cosechas futuras.
El resultado es preocupante: una de cada cinco explotaciones agrícolas inglesas no logró obtener ganancias durante la campaña 2024/25.

La diversificación se convirtió en una herramienta clave para sostener la actividad.
Muchas explotaciones incorporaron campings, alojamientos turísticos, tiendas rurales y producción de energía renovable. Otras avanzaron aún más y comenzaron a desarrollar propuestas recreativas y educativas.
En Roundoak Farm, en el condado de Kent, los visitantes pueden participar de jornadas de parición de corderos, realizar safaris rurales entre rodeos de vacas Highland o asistir a eventos especiales para familias.
Las bodas también se transformaron en una importante fuente de ingresos. Algunos establecimientos cobran desde 3.000 libras por evento, generando recursos fundamentales para financiar inversiones y cubrir costos operativos.
«Sin esos ingresos estaríamos realmente preocupados por cómo pagar las cuentas», reconocieron los propietarios de la granja.
El fenómeno está redefiniendo el perfil del agricultor británico.
La cantidad de personas empleadas en la agricultura inglesa cayó cerca de un 7% entre 2022 y 2025, mientras crece el número de productores que combinan tareas agrícolas con actividades turísticas, comerciales o de servicios.
Para muchos especialistas, el desafío no pasa únicamente por sostener la rentabilidad, sino también por preservar la identidad del sector.
«El agricultor siempre se adaptó a los cambios. Eso es lo que ha hecho durante siglos», señaló Minette Batters, expresidenta de la Unión Nacional de Agricultores del Reino Unido.
Sin embargo, la velocidad de la transformación genera interrogantes sobre cómo será el campo británico dentro de una década.

La experiencia inglesa refleja una tendencia que también comienza a observarse en otras regiones del mundo. La combinación de mayores costos, menor previsibilidad climática y cambios en las políticas de apoyo estatal obliga a los productores a buscar nuevas fuentes de ingresos.
Mientras las granjas se convierten en centros turísticos, espacios para eventos o negocios de bienestar, surge una pregunta cada vez más frecuente en el sector: ¿qué ocurre cuando producir alimentos ya no alcanza para sostener una explotación agrícola?
La respuesta, al menos en Inglaterra, ya está a la vista. El campo está cambiando y muchos productores creen que no tienen otra alternativa.
¿Una advertencia para América Latina?
Lo que hoy ocurre en Inglaterra trasciende las fronteras británicas y deja una señal de alerta para los países agroexportadores. La combinación de costos crecientes, eventos climáticos extremos, incertidumbre regulatoria y menor rentabilidad está transformando la forma de producir alimentos incluso en economías desarrolladas.
América Latina aparece como una de las regiones con mayor potencial para convertirse en el gran proveedor mundial de alimentos durante las próximas décadas. La abundancia de recursos naturales, la disponibilidad de tierras productivas, la capacidad de expansión agrícola y la incorporación de nuevas tecnologías posicionan a la región como un actor estratégico para la seguridad alimentaria global.
Sin embargo, el desafío va mucho más allá de aumentar la producción. La gran pregunta es si los gobiernos latinoamericanos podrán acompañar ese crecimiento con inversiones en infraestructura vial, ferroviaria y portuaria, mejoras en la logística de exportación, acceso al financiamiento, conectividad rural, innovación tecnológica y marcos regulatorios previsibles que impulsen la competitividad.
La experiencia inglesa demuestra que la rentabilidad agropecuaria no puede darse por garantizada. Para consolidar su ventaja comparativa, América Latina deberá avanzar en cadenas de valor agroalimentarias más eficientes, sistemas productivos resilientes frente al cambio climático y políticas de largo plazo que promuevan la sustentabilidad y el agregado de valor.
Mientras el mundo demanda cada vez más alimentos, energía renovable y productos con trazabilidad ambiental, la región tiene una oportunidad histórica. La cuestión ya no es si América Latina puede alimentar al mundo, sino si estará preparada para aprovechar plenamente esa oportunidad y transformarla en desarrollo económico sostenible para las próximas generaciones.

