El error que le cuesta hasta 900 kilos de soja por hectárea a los productores

Solo la mitad del área sembrada recibe fertilización y apenas el 9% de los fertilizantes consumidos en el país se destina a la oleaginosa. Advierten que hay una importante oportunidad para mejorar los rindes.

La soja continúa siendo el principal generador de divisas de la Argentina, pero también uno de los cultivos que más margen tiene para mejorar su productividad. Especialistas en nutrición vegetal advierten que el manejo actual de la fertilización está provocando una brecha cercana al 28% entre el rendimiento potencial y el obtenido en los lotes comerciales. En términos productivos, esa diferencia representa alrededor de 900 kilos por hectárea que dejan de cosecharse, un volumen que impacta tanto en la rentabilidad de los productores como en el aporte de la cadena sojera a la economía nacional.

A pesar de su relevancia económica, la soja recibe una porción reducida de los fertilizantes utilizados en el país. De los 5,1 millones de toneladas que se consumen anualmente en Argentina, apenas el 9% se destina a este cultivo. Además, solo la mitad de la superficie sembrada incorpora algún tipo de fertilización, un nivel de adopción considerablemente inferior al registrado en otros cultivos extensivos como maíz, trigo, cebada o girasol.

Una brecha de productividad que podría reducirse con mejor manejo

Los especialistas sostienen que una parte importante del potencial productivo perdido podría recuperarse mediante una estrategia de nutrición más equilibrada. La soja requiere un adecuado suministro de fósforo, azufre y nitrógeno, nutrientes que cumplen funciones esenciales durante el desarrollo del cultivo y en la formación de granos. Sin embargo, en numerosos planteos todavía predominan esquemas de fertilización insuficientes o directamente inexistentes.

Uno de los conceptos que los técnicos buscan corregir es la idea de que la soja prácticamente no necesita nitrógeno. Si bien la leguminosa tiene la capacidad de fijar parte de este nutriente mediante su asociación con bacterias presentes en las raíces, esa fuente no siempre alcanza para cubrir la demanda de cultivos de alto rendimiento. De hecho, por cada tonelada de soja producida, la planta requiere alrededor de 70 kilos de nitrógeno, una necesidad incluso superior a la de otros cultivos de verano.

La situación resulta aún más evidente en la soja de segunda, donde la incorporación de fertilizantes sigue siendo muy limitada. Según los especialistas, una adecuada nutrición en estos planteos permitiría obtener incrementos de rendimiento del orden de 500 kilos por hectárea, mejorando significativamente el resultado económico de una superficie que suele presentar mayores restricciones productivas.

El análisis de suelo sigue siendo una práctica poco utilizada

Otro de los factores que explica la baja eficiencia en el uso de fertilizantes es el reducido nivel de diagnóstico previo. Actualmente, solo entre el 30% y el 35% de los lotes agrícolas son sometidos a análisis de suelo antes de definir la estrategia de fertilización. Como consecuencia, muchos productores toman decisiones sin contar con información precisa sobre la disponibilidad de nutrientes o las necesidades específicas de cada ambiente.

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Esta situación contribuye a ampliar la diferencia entre el potencial productivo y los rindes efectivamente obtenidos. Mientras el rendimiento potencial promedio de la soja argentina se estima en 4.030 kilos por hectárea, el promedio nacional ronda los 3.150 kilos, una brecha que refleja el impacto combinado de la nutrición, el manejo agronómico y las condiciones ambientales.

Además del efecto sobre la producción inmediata, los especialistas advierten que una reposición insuficiente de nutrientes compromete la fertilidad de los suelos en el largo plazo. La extracción continua de fósforo, azufre y otros elementos sin una adecuada reposición deteriora la capacidad productiva de los sistemas agrícolas y obliga a realizar inversiones crecientes para recuperar esos niveles.

El panorama adquiere mayor relevancia si se considera que Argentina continúa dependiendo en gran medida del mercado internacional para abastecerse de fertilizantes. Aunque existe producción nacional de algunos productos, una parte importante de los nitrogenados, fosfatados y materias primas necesarias para su elaboración proviene del exterior, lo que expone al sector a la volatilidad de los precios internacionales y a eventuales problemas de abastecimiento.

Frente a esta situación, los especialistas coinciden en que mejorar la productividad no depende únicamente de incorporar más fertilizantes, sino de utilizarlos con mayor precisión. El análisis de suelo, la reposición equilibrada de nutrientes, las rotaciones y las buenas prácticas de manejo aparecen como herramientas fundamentales para reducir la brecha de rendimiento, mejorar la eficiencia del sistema y fortalecer la competitividad de la soja argentina, un cultivo que continúa siendo uno de los principales motores de la economía y de las exportaciones del país.

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