El campo mejoró sus números, pero hay un dato que enciende una alarma

El agro mejora sus márgenes, pero impuestos, costos y alquileres mantienen la rentabilidad bajo presión.

Los números del campo argentino finalmente dieron un respiro en julio de 2026, pero detrás de la recuperación aparece un dato que debería encender una alarma de cara a la próxima campaña. Los márgenes agrícolas mejoraron entre USD 60 y USD 83 por hectárea por la recuperación de los precios de los granos y la baja de algunos costos, según un informe de los economistas Juan Manuel Garzón y Franco Artusso, de la Fundación Mediterránea. Sin embargo, la rentabilidad todavía se mantiene entre USD 135 y USD 183 por hectárea por debajo del promedio de 2018-2025. Es decir: hubo mejora, pero todavía estamos lejos de poder hablar de una recuperación del negocio agrícola.

La rentabilidad no mejora para todos por igual: la evolución de los márgenes expone la creciente brecha entre propietarios, arrendatarios y regiones productivas.

La rentabilidad no mejora para todos por igual: la evolución de los márgenes expone la creciente brecha entre propietarios, arrendatarios y regiones productivas.

La primera sorpresa aparece cuando se mira cuánto queda realmente en cada modelo productivo. Un propietario de la zona núcleo alcanza un margen neto teórico de USD 411 por hectárea, mientras que un productor propietario extrapampeano obtiene USD 83. Para quienes alquilan la tierra, la fotografía cambia radicalmente: el margen baja hasta USD 43 por hectárea en la zona núcleo y se hunde hasta USD 148 negativos por hectárea fuera de ella. Es probablemente el dato más importante del informe porque demuestra que detrás de un mismo precio internacional conviven realidades productivas completamente diferentes.

No debería sorprender. Quien produce lejos de los principales puertos argentinos carga con mayores costos logísticos y, generalmente, con un potencial de rendimiento inferior. Quien además alquila debe sumar uno de los componentes más pesados de la estructura agrícola. El resultado es una agricultura que puede mostrar buenos rindes y, al mismo tiempo, dejar muy poco dinero en el bolsillo del productor. Esa diferencia ayuda a explicar por qué las decisiones sobre tecnología, fertilización, rotaciones y superficie sembrada son cada vez más sensibles a unos pocos dólares por tonelada o por hectárea.

El número que explica por qué el alivio todavía no llega a todo el campo

Pero hay otro dato todavía más incómodo. Durante los últimos doce meses, la carga tributaria absorbió el 55,4% del excedente económico generado por un propietario de la zona núcleo. En las regiones extrapampeanas, la proporción llegó al 76,4%. No es una discusión abstracta sobre presión fiscal: cuando tres cuartas partes del excedente quedan comprometidas por impuestos, cualquier movimiento del precio, el clima, el flete o el costo financiero puede transformar rápidamente una rentabilidad positiva en pérdida.

Las retenciones aparecen nuevamente en el centro del debate porque tienen una particularidad decisiva: gravan el valor de la producción y no el resultado económico del establecimiento. Eso significa que el Derecho de Exportación pesa proporcionalmente más sobre el productor que tiene menores rindes y mayores costos. El mismo porcentaje puede ser soportable en un lote extraordinario de la zona núcleo y convertirse en un condicionante mucho más duro a cientos de kilómetros de los puertos, donde cada tonelada carga además con una factura logística superior.

La simulación incluida en el informe permite dimensionarlo. Si durante los últimos doce meses los DEX hubieran sido cero, el margen del propietario habría aumentado USD 212 por hectárea en la zona núcleo y USD 160 en la región extrapampeana. Al mismo tiempo, la participación de los impuestos sobre el excedente habría descendido del 55,4% al 33% en la primera y del 76,4% al 39,3% en la segunda. Incluso el Estado recuperaría una parte de los recursos: según la estimación, por cada USD 100 de retenciones eliminados, aproximadamente USD 30 regresarían mediante otros tributos, principalmente Ganancias.

El crédito completa un escenario que merece atención. Si un productor necesita financiar con deuda en pesos el 50% de los insumos, el margen se reduce entre USD 35 y USD 54 adicionales por hectárea. El arrendatario de la zona núcleo queda prácticamente trabajando para empatar, mientras que el productor extrapampeano que alquila permanece en números rojos. Y esto sucede antes de introducir en la ecuación uno de los factores que ningún Excel puede controlar: el clima. Una sequía, una inundación o un golpe de calor durante el período crítico pueden terminar de borrar un margen que ya comenzó la campaña extremadamente ajustado.

Por eso, celebrar la recuperación de julio sin mirar lo que ocurre debajo de los promedios sería quedarse con la mitad de la película. Argentina tiene productores tecnificados, genética de primer nivel, agricultura de precisión y una capacidad empresarial reconocida mundialmente. Pero ninguna tecnología puede compensar indefinidamente una estructura donde el margen desaparece antes de llegar al productor. Y cuanto más lejos está el establecimiento de la zona núcleo, más evidente se vuelve esa fragilidad.

La discusión que viene debería superar la pregunta sobre cuánto puede producir el campo. La verdadera cuestión es cuánto queda después de producir. Porque cuando un propietario obtiene USD 411 por hectárea y un arrendatario extrapampeano pierde USD 148 dentro de la misma agricultura argentina, ya no estamos solamente frente a una diferencia de eficiencia. Estamos frente a una señal sobre el modelo productivo, tributario y logístico que condicionará dónde se seguirá invirtiendo y dónde cada vez será más difícil hacerlo.

Julio compró algo de tiempo. Los precios dieron aire y determinados costos cedieron, pero el campo todavía no salió de la zona de riesgo. Si la próxima campaña vuelve a exigir más capital, financiamiento y tecnología mientras los márgenes permanecen por debajo de sus niveles históricos, muchos productores deberán volver a sacar la calculadora antes que la sembradora. Y ese quizás sea el dato más preocupante: en uno de los países con mayor capacidad agrícola del mundo, sembrar todavía puede ser un excelente negocio productivo y, al mismo tiempo, una apuesta económica demasiado ajustada.

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