Un hallazgo del INTA revela ocho virus en un hongo fitopatógeno y abre una vía de investigación para reducir enfermedades y pérdidas agrícolas.

Investigadores del Instituto de Patología Vegetal (IPAVE) del INTA dieron a conocer el 1° de septiembre de 2026 la identificación de ocho virus hasta ahora no descriptos dentro de Thecaphora thlaspeos, un hongo fitopatógeno que afecta especies de la familia Brassicaceae. El descubrimiento importa más allá del laboratorio: conocer cómo estos virus modifican a los hongos que los hospedan podría, a futuro, contribuir al diseño de estrategias de control biológico y ofrecer nuevas herramientas frente a enfermedades capaces de generar pérdidas productivas. El trabajo aporta además información sobre un género que incluye patógenos de interés directo para el agro argentino.
Los virus identificados pertenecen al grupo de los micovirus, organismos que se replican dentro de los hongos y pueden modificar características de sus hospedadores. Según explicó Andrés Jacquat, becario postdoctoral de UFyMA, IPAVE, INTA-CONICET, distintos estudios demostraron que estos agentes pueden alterar la velocidad de crecimiento de los hongos, su capacidad reproductiva e incluso su agresividad para provocar enfermedades vegetales. El dato resulta estratégico: si se logra determinar qué virus reducen la virulencia de determinados patógenos, la interacción podría convertirse en una línea de investigación para desarrollar alternativas de manejo con menor impacto ambiental.
Del laboratorio al lote: por qué el hallazgo puede tener impacto económico
La investigación adquiere una dimensión productiva porque el género Thecaphora incluye especies capaces de provocar enfermedades agrícolas. Entre ellas aparece Thecaphora frezii, responsable del carbón del maní, una problemática especialmente sensible para una cadena en la que la Argentina construyó una fuerte inserción exportadora. Jacquat destacó desde el INTA que esta enfermedad se encuentra entre las que más preocupan a los productores del cultivo. Sin embargo, la biología de este grupo de hongos continúa siendo menos conocida que la de otros patógenos, por lo que ampliar ese conocimiento puede resultar relevante para mejorar las estrategias sanitarias y reducir riesgos productivos.

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El descubrimiento tuvo además una particularidad: los científicos no partieron de nuevas muestras, sino que reexaminaron información de secuenciación genética que ya estaba disponible en bases de datos públicas. A partir de ese material pudieron encontrar evidencias de una comunidad viral compleja asociada a T. thlaspeos. La metodología muestra el valor económico y científico de reutilizar grandes volúmenes de información genómica: datos generados previamente para determinados objetivos pueden volver a analizarse con nuevas herramientas y preguntas, multiplicando su utilidad sin necesidad de comenzar cada investigación desde cero.
Los investigadores observaron, además, que distintas cepas de T. thlaspeos presentan combinaciones diferentes de virus. Ese resultado apunta a la existencia de un «micoviroma» particular para cada linaje o población del hongo, es decir, un conjunto específico de virus asociados a cada hospedador fúngico. Entender esas diferencias podría ayudar a explicar por qué determinados hongos crecen, se reproducen o generan enfermedades de manera distinta. Para una agricultura que busca combinar productividad, sustentabilidad y menores pérdidas sanitarias, descifrar estas relaciones microscópicas puede sumar información para diseñar estrategias de manejo más precisas.
Control biológico: una oportunidad que todavía debe demostrar su potencial
El hallazgo no significa que exista hoy un nuevo tratamiento disponible para los productores. La oportunidad está en determinar si alguno de estos micovirus puede disminuir la capacidad de un hongo para provocar enfermedades y convertirse, eventualmente, en una herramienta de control biológico. Ese camino requerirá más investigación y validación antes de trasladarse al lote. Pero la posibilidad tiene peso en un escenario internacional donde la producción agroalimentaria enfrenta mayores exigencias de sustentabilidad, trazabilidad y reducción del impacto ambiental, factores que también empiezan a influir sobre la competitividad y el acceso a los mercados.
Desarrollar conocimiento propio en sanidad vegetal tiene además una lectura estratégica. Cada enfermedad que reduce rindes, deteriora la calidad o eleva los costos de manejo termina impactando sobre el margen del productor y la capacidad exportadora de las cadenas agroindustriales. En ese tablero, la innovación desarrollada por organismos públicos como el INTA y el CONICET puede convertirse en un activo para agregar valor tecnológico al agro. Los ocho virus encontrados dentro de un hongo son, por ahora, una puerta científica recién abierta. Saber qué hacen y si pueden utilizarse contra los propios patógenos será el próximo desafío.
