A 30 años del avance de la siembra directa, el INTA y Dwayne Beck plantean un nuevo desafío: producir más cuidando agua, nutrientes y suelo.

En el Día de la Agricultura, y a tres décadas de la consolidación de la siembra directa en la Argentina, el INTA puso sobre la mesa este martes 8 de septiembre una discusión que va mucho más allá de la próxima campaña: cómo sostener la producción durante otros 30 años sin degradar el suelo. El debate reunió a Nicolás Bronzovich, presidente del organismo, y al especialista estadounidense Dwayne Beck, profesor emérito de la Universidad Estatal de Dakota del Sur. La cuestión importa porque la competitividad futura del agro argentino dependerá no sólo de rindes y tecnología, sino también de conservar agua, nutrientes, materia orgánica y capacidad productiva.
La advertencia llega en un momento en el que el campo argentino discute costos, retenciones, competitividad y acceso a los mercados, pero también enfrenta un desafío menos coyuntural: preservar el principal capital sobre el que se sostiene la producción. Beck, referente del campo experimental Dakota Lakes Research Farm, planteó durante una jornada técnica que la próxima transformación agrícola no debería depender únicamente de sumar insumos o nuevas herramientas. El salto, sostuvo, pasa por diseñar sistemas capaces de aprovechar los mecanismos naturales que durante miles de años permitieron funcionar a los grandes pastizales.
El planteo encuentra un terreno especialmente sensible en la Argentina. Según destacó Beck durante el encuentro con autoridades del INTA, existen similitudes importantes entre las praderas de Dakota del Sur y la región pampeana: clima continental, suelos de alta productividad y un origen dominado por extensos pastizales. Antes de su transformación agrícola, esos ambientes contaban con raíces de diferentes profundidades, cobertura permanente y una intensa actividad biológica. La agricultura simplificó buena parte de ese esquema al concentrar la producción en menos especies y reducir los períodos del año con plantas vivas.

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De la siembra directa a una agricultura con más diversidad
La siembra directa fue uno de los cambios tecnológicos que redefinieron al agro argentino al reducir la remoción del suelo y contribuir a conservar su estructura. Sin embargo, el planteo presentado por Beck ante el INTA apunta ahora a dar otro paso: pasar de una práctica de manejo a un sistema productivo integral. La experiencia de Dakota Lakes se apoya en décadas sin labranza y en rotaciones que combinan trigo de primavera e invierno, maíz, sorgo, girasol, canola, arvejas, lentejas y garbanzos. No se trata simplemente de sumar cultivos, sino de recuperar funciones perdidas del ecosistema.
Los resultados observados en esos ensayos muestran que una mayor diversificación puede aumentar la productividad, eliminar el barbecho y favorecer la infiltración, reduciendo incluso las necesidades de riego. La lógica es particularmente relevante para buena parte de la agricultura argentina: cuanto más tiempo permanece el suelo cubierto y con raíces activas, mayor es la posibilidad de capturar y almacenar el agua de lluvia. Frente a campañas atravesadas por sequías y excesos hídricos, mejorar la gestión del agua dentro del lote puede convertirse tanto en una herramienta ambiental como en una ventaja económica.
Beck identifica cuatro procesos que deberían administrarse como un conjunto: agua, energía solar, nutrientes y biología. El agua debe ingresar al perfil en lugar de perderse por evaporación o escurrimiento; la fotosíntesis permite transformar energía solar en biomasa y materia orgánica; los nutrientes extraídos con cada cosecha necesitan ser repuestos; y la diversidad biológica aporta estabilidad al sistema. Exportar granos también significa exportar nutrientes, una ecuación que obliga a mirar más allá del rendimiento de una campaña y considerar qué queda en el suelo después de cada ciclo productivo.

La diversidad también puede modificar la forma de enfrentar malezas, enfermedades y plagas. De acuerdo con la experiencia relatada por el investigador estadounidense, Dakota Lakes lleva más de dos décadas sin aplicaciones de insecticidas de cobertura total y utiliza el equilibrio entre organismos, predadores y hongos como parte del manejo. La misma lógica alcanza a la compactación: recurrir automáticamente a una labranza para mejorar la infiltración puede resolver temporalmente el síntoma, pero no necesariamente su origen. La propuesta es construir un suelo funcional antes que intervenirlo cada vez que aparece un problema.
El próximo salto del agro argentino empieza debajo del lote
Para la Argentina, el debate tiene además una dimensión económica. Beck considera que una mayor transformación local de los productos agrícolas puede ayudar a cerrar el ciclo de nutrientes. Integrar granos con ganadería, producción láctea y otras cadenas de agregado de valor permitiría recuperar una parte de los elementos que hoy abandonan el establecimiento con las cosechas. En un país donde el debate agropecuario suele quedar atrapado entre retenciones, tipo de cambio, costos y presión tributaria, la mirada de largo plazo agrega otra variable: cuánto del potencial productivo actual podrá conservarse para las próximas generaciones.
Allí aparece también el papel de la investigación pública. El INTA aporta ensayos, mejoramiento genético, conocimiento sobre suelos y evaluación de tecnologías, mientras que productores y campos experimentales permiten probar sistemas completos durante períodos prolongados y bajo condiciones económicas reales. La combinación resulta decisiva porque la sustentabilidad deja de ser sólo una cuestión ambiental cuando determina la capacidad futura de producir y competir. Para un exportador estructural de alimentos como la Argentina, conservar el recurso suelo forma parte también de su estrategia productiva y comercial.
Treinta años después de que la siembra directa modificara la manera de producir en buena parte del país, el interrogante ya no pasa únicamente por cuál será la próxima tecnología disruptiva. La discusión que impulsan el INTA y Beck propone mirar raíces, cobertura, rotaciones, agua, nutrientes y biología como partes de una misma ecuación. Producir más seguirá siendo necesario, pero hacerlo sin consumir la capacidad productiva del suelo será el verdadero desafío. Para el agro argentino, la próxima revolución podría no estar solamente en una máquina o en una semilla: podría empezar debajo del lote.
