De Argentina a México, el carbono del suelo gana peso productivo y comercial. La pregunta es cuánto valor puede capturar finalmente el productor.

La agricultura regenerativa y la captura de carbono están empezando a adquirir otra dimensión en América Latina. Durante 2026, proyectos, investigaciones y políticas desarrolladas desde Argentina hasta México pusieron al suelo en el centro de una discusión que ya no pasa únicamente por reducir emisiones: se trata de determinar si mejorar la materia orgánica, usar los insumos con mayor eficiencia y medir el carbono almacenado puede aumentar la productividad, reducir riesgos y eventualmente generar un nuevo valor económico para los productores. El interrogante es cuánto de esa oportunidad llegará efectivamente al campo.
La transformación tiene una explicación agronómica antes que financiera. Un suelo con mayor actividad biológica, cobertura y materia orgánica puede mejorar su estructura, infiltración y capacidad para almacenar agua y nutrientes, mientras las rotaciones, cultivos de servicio, bioinsumos, reducción de disturbios y manejo integrado buscan sostener productividad con mayor resiliencia. El informe internacional analizado para esta nota identifica precisamente la volatilidad climática, la degradación de suelos y la búsqueda de mayor eficiencia como fuerzas que están acelerando esta transición.
Del suelo al carbono: una oportunidad diferente para cada país
América Latina ofrece condiciones particularmente interesantes porque no existe un único modelo regenerativo. Argentina puede trabajar sobre agricultura extensiva y ganadería; México sobre temporal, riego y sistemas mixtos; Perú sobre agroforestería y cadenas de pequeños productores; Colombia sobre café, cacao, ganadería y bioinsumos; y Chile sobre fruticultura, cultivos y sistemas ganaderos. Esa diversidad también obliga a evitar recetas universales: la cantidad de carbono que puede incorporarse al suelo depende del clima, textura, carbono inicial, rotación, disponibilidad de agua y manejo aplicado.

Argentina ofrece una dimensión especialmente interesante. Una actualización del mapa nacional de carbono orgánico determinó que los primeros 30 centímetros de los suelos argentinos almacenan alrededor del 2% de las reservas mundiales de carbono del suelo. Investigaciones difundidas por el INTA estimaron además que los cultivos de cobertura pueden alcanzar tasas medias de secuestro de hasta 0,45 toneladas de carbono por hectárea y año, mientras que la incorporación de pasturas perennes dentro de las rotaciones mostró promedios cercanos a 0,76 toneladas. Los valores no son universales y varían según ambiente y manejo, pero muestran la magnitud productiva del recurso que existe debajo del lote.
El carbono agrícola comienza a moverse en América Latina
| País | Qué está ocurriendo | Por qué importa |
|---|---|---|
| Argentina | Medición del carbono de los suelos y prácticas de secuestro | Gran escala agrícola y ganadera |
| Perú | Desarrollo de herramientas para carbono agrario | Puede conectar productores con financiamiento climático |
| Chile | Pilotos regenerativos y medición de carbono | Busca demostrar productividad y rentabilidad |
| Colombia | Expansión de bioinsumos y transición agroecológica | Más de 647.000 ha proyectadas |
| México | Mapas de potencial de captura de carbono | Permiten identificar áreas y sistemas con mayor oportunidad |
Perú está dando un paso todavía más directamente relacionado con el negocio del carbono. Durante 2026 se presentaron herramientas para facilitar la participación del sector agrario en el mercado voluntario de carbono, junto con metodologías para estimar reducciones de gases de efecto invernadero. El país también amplió su marco técnico para proyectos de carbono incorporando nuevos estándares y metodologías aplicables, entre otros sectores, a agricultura y ganadería. El objetivo es que reducción de emisiones y captura puedan convertirse en proyectos verificables capaces de atraer financiamiento climático.
Chile aporta otro caso interesante porque intenta responder una pregunta esencial: ¿la regeneración también cierra económicamente? Un piloto iniciado en agosto en las regiones de Los Ríos y Los Lagos evaluará durante 24 meses cultivos de trigo y arveja bajo prácticas regenerativas. No medirá solamente biodiversidad y salud del suelo, sino también productividad, huella ambiental y rentabilidad para los agricultores. Si los resultados permiten validar el sistema, existe potencial para ampliar progresivamente la experiencia hacia unas 20.000 hectáreas.

Colombia está abordando la transición desde otro ángulo. Un programa nacional puesto en marcha este año prioriza 146 biofábricas en 279 municipios de 21 departamentos, con un impacto proyectado sobre 647.333 hectáreas. El objetivo declarado es aumentar la producción local de bioinsumos y disminuir la dependencia de insumos importados. Aunque bioinsumos y agricultura regenerativa no son sinónimos, el avance muestra cómo la recuperación de procesos biológicos del suelo comienza a integrarse con políticas productivas de mayor escala.
México, por su parte, cuenta con mapas digitales que permiten estimar el potencial de captura de carbono en su frontera agrícola. Los modelos analizan escenarios de manejo sostenible capaces de incrementar el carbono orgánico del suelo y muestran diferencias importantes entre sistemas productivos. Durante 2026 el país también intensificó programas de conservación: más de 171.000 productores participaron en procesos de transición agroecológica y se realizaron más de 6.000 acciones relacionadas con conservación de suelo y agua.
El verdadero negocio no empieza vendiendo carbono
Aquí aparece probablemente la cuestión más importante para el productor latinoamericano. Capturar carbono no significa automáticamente generar créditos de carbono, y mucho menos recibir inmediatamente un ingreso adicional. Para transformar una mejora del suelo en un activo comercial se necesita establecer una línea de base, medir cambios, demostrar que son adicionales, documentar las prácticas, verificar resultados y cumplir las reglas del programa o mercado correspondiente. Por eso, agricultura regenerativa y mercado de carbono deben entenderse como conceptos relacionados, pero no equivalentes.
De una práctica agronómica a un posible ingreso
| Etapa | Qué debe demostrarse | Valor para el productor |
|---|---|---|
| Diagnóstico | Carbono y condición inicial del suelo | Establece la línea de base |
| Manejo | Prácticas regenerativas aplicadas | Mejora el sistema productivo |
| Medición | Evolución del carbono y otros indicadores | Permite demostrar resultados |
| Verificación | Evidencia bajo una metodología aceptada | Da credibilidad al proyecto |
| Comercialización | Reducciones o remociones certificadas | Puede generar ingresos adicionales |
Y allí el documento que dio origen a este análisis deja una señal importante: la industria agrícola internacional está migrando hacia modelos donde financiamiento, seguros y contratos de compra pueden quedar vinculados a prácticas sustentables certificadas, mientras compradores y cadenas alimentarias comienzan a observar indicadores como huella de carbono, biodiversidad y trazabilidad. El cambio es relevante porque el valor económico de regenerar un suelo podría no provenir únicamente de vender un crédito.

Para un productor argentino, mexicano, colombiano, peruano o chileno, el primer resultado puede ser mucho más concreto: menor erosión, mejor utilización del agua, mayor eficiencia de nutrientes, estabilidad frente al estrés climático o menor dependencia de determinados insumos. Después pueden aparecer primas comerciales, mejores condiciones financieras, acceso a cadenas que exigen trazabilidad y, cuando exista metodología y verificación suficientes, ingresos vinculados al carbono.
Por eso, latinoamericana posiblemente no debería reducirse a decidir si la agricultura regenerativa es negocio o necesidad. Puede ser ambas cosas, pero en ese orden importa primero la agronomía. Si recuperar carbono mejora el suelo y hace más resiliente el establecimiento, ya existe un activo productivo. Si además ese resultado puede medirse, certificarse y ser reconocido por compradores o mercados ambientales, aparece una segunda capa de valor. El gran desafío será conseguir que una parte relevante de ese valor adicional quede en manos del productor que hizo el cambio dentro del lote.
