Ensayos en Tucumán evalúan cómo la mostaza puede reducir hongos, nematodos y malezas, mejorar la salud del suelo y disminuir el uso de agroquímicos.

La mostaza como cultivo de servicio está siendo evaluada en Tucumán durante 2026 como una alternativa para el manejo de nematodos, hongos fitopatógenos y malezas en sistemas hortícolas y extensivos. Un equipo de especialistas del INTA Famaillá, junto con investigadores de universidades nacionales y el Conicet, estudia diferentes cultivares y su capacidad biofumigante mediante la descomposición de biomasa. La investigación busca generar herramientas para reducir la dependencia de determinados insumos químicos, aportar materia orgánica y mejorar las condiciones físicas y biológicas del suelo, sin perder de vista su aplicación práctica en el campo argentino.
Cómo funciona la biofumigación con mostaza y qué resultados muestran los ensayos
La técnica aprovecha los compuestos liberados durante la descomposición de la mostaza incorporada al suelo. María de los Ángeles Quinteros, investigadora del INTA Famaillá, explicó que este proceso genera isotiocianatos, sustancias con actividad sobre diversos organismos fitopatógenos. Los ensayos previos realizados en tomate mostraron una disminución de poblaciones de nematodos y hongos perjudiciales, resultados que impulsaron nuevas evaluaciones. El objetivo es determinar cómo responde esta herramienta en diferentes cultivos y ambientes productivos, considerando que su eficacia puede variar según el material vegetal, el manejo de la biomasa y las condiciones del suelo.
En la producción de frutilla, la estrategia combina la incorporación de biomasa de mostaza, un riego abundante y la cobertura del suelo con plástico transparente. Este procedimiento, denominado biosolarización, favorece la descomposición del material vegetal y el aumento de la temperatura, potenciando el efecto sobre los organismos presentes en el suelo. Además del manejo sanitario, los investigadores analizan sus beneficios sobre el contenido de materia orgánica y la disponibilidad de nitrógeno. La práctica aparece como una alternativa complementaria dentro del manejo integrado, aunque los resultados obtenidos en condiciones experimentales no implican una eficacia uniforme en todos los establecimientos.
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La investigación también avanza sobre cultivos extensivos de granos de primavera-verano, donde la utilización de coberturas plásticas resulta poco práctica por la superficie involucrada. En estos planteos, la mostaza se corta y se deja sobre el suelo aproximadamente 40 días antes de la siembra del cultivo de renta, permitiendo la descomposición de la biomasa. La estrategia busca aprovechar la actividad biofumigante y, simultáneamente, incorporar los beneficios propios de un cultivo de servicio. Para el productor, la posibilidad de integrar esta práctica a las rotaciones abre una línea de trabajo vinculada con el manejo sanitario, la cobertura y la conservación del recurso suelo.
Variedades de mostaza y agricultura de precisión: nuevas herramientas para el productor
Entre los materiales evaluados se encuentra Delfina INTA, una variedad de mostaza blanca (Sinapis alba) desarrollada por el investigador Ignacio Paunero. Además de ser comestible, presenta propiedades biofumigantes que están siendo estudiadas para el manejo de nematodos fitófagos, hongos y malezas. Su incorporación como cultivo de servicio también puede favorecer el aporte de materia orgánica y la actividad biológica del suelo. Los especialistas buscan profundizar el conocimiento sobre su comportamiento en diferentes sistemas productivos, con especial atención a las condiciones que permiten aprovechar sus beneficios y a su integración con otras prácticas agronómicas.
En paralelo, se evalúa la mostaza india (Brassica juncea), variedad Santa Catalina UNLP, desarrollada por Omar Perniola y su equipo de la Universidad Nacional de La Plata, con participación académica vinculada a la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Los trabajos articulan capacidades del INTA Famaillá, la Estación Experimental Santa Catalina y equipos universitarios, entre ellos la investigadora Silvia Chorzempa. La comparación de materiales permitirá ampliar la información sobre sus propiedades biofumigantes, el aporte de biomasa y su comportamiento en el suelo, aspectos relevantes para determinar qué alternativas podrían adaptarse mejor a distintos esquemas productivos.
La investigación incorpora además imágenes satelitales, relevamientos aéreos y drones para estudiar la cobertura vegetal y la producción de biomasa. En colaboración con el Conicet, Gustavo Martos y su equipo trabajan con herramientas de análisis geoespacial e índices como NDVI, VARI, GLI y NDMI, utilizados para interpretar características de la vegetación y elaborar mapas por ambientes. Estas tecnologías permiten sumar información objetiva al seguimiento de los ensayos y relacionar el desarrollo de los cultivos con las condiciones del terreno. Su aplicación representa un aporte para evaluar el comportamiento de las mostazas y mejorar la caracterización de los ambientes productivos.
Los estudios también se desarrollan en el vivero forestal de la Estación Experimental Agropecuaria Famaillá, donde se analiza el comportamiento de Sinapis alba frente a nematodos, hongos y malezas, con participación de Pablo Saravia. Además del potencial sanitario, los equipos investigan su contribución a la reducción de la erosión, el mantenimiento de la cobertura y la biodiversidad de los agroecosistemas. Para la agricultura argentina, estos trabajos plantean la posibilidad de diversificar las herramientas de manejo, especialmente en establecimientos que buscan integrar cultivos de servicio con prácticas de conservación y estrategias de menor dependencia de intervenciones químicas.
El principal desafío será trasladar los resultados experimentales a recomendaciones agronómicas que contemplen costos de implantación, disponibilidad de semillas, manejo de la biomasa y respuesta de los cultivos posteriores. Si bien los estudios muestran resultados alentadores, todavía se necesitan evaluaciones que permitan establecer su eficacia y viabilidad económica en diferentes ambientes. En un contexto donde la sustentabilidad y la eficiencia productiva adquieren mayor importancia, la mostaza biofumigante aparece como una herramienta complementaria para el manejo integrado. Su potencial dependerá de lograr resultados consistentes que puedan incorporarse a las decisiones cotidianas del productor
